Calentamiento global: de la sustitución a la regeneración
Calentamiento global: de la sustitución a la regeneración
La tecnología de la naturaleza
Durante mucho tiempo, hemos interpretado la crisis ambiental principalmente como una carrera contra el tiempo. El clima está cambiando, los suelos se degradan, la biodiversidad disminuye y los ecosistemas se encuentran bajo una presión creciente. Ante esta situación, hemos buscado sobre todo nuevas tecnologías: fuentes de energía menos impactantes, materiales más eficientes, sistemas agrícolas capaces de reducir insumos e infraestructuras que aumenten nuestra protección frente a eventos extremos [5, 8, 11].
Este camino es necesario, pero puede no ser suficiente.
La cuestión no radica solo en la eficiencia de las nuevas tecnologías, sino también en la lógica con la que se conciben.
¿Podemos abordar una crisis ecológica utilizando únicamente una tecnología construida según los mismos principios de separación, sustitución, extracción y control que han contribuido, al menos en parte, a generar las condiciones actuales?
Esta pregunta evoca una famosa frase frecuentemente atribuida a Albert Einstein: «No podemos resolver los problemas con el mismo tipo de pensamiento que utilizamos cuando los creamos». Sin embargo, la atribución literal de la frase a Einstein no está suficientemente documentada, por lo que es preferible no citarla directamente.
Independientemente de su origen, el concepto sigue siendo significativo.
Si la crisis ecológica también se deriva de una concepción de la naturaleza como algo que debe ser destruido, controlado, explotado y reemplazado, tal vez no baste con aumentar la eficiencia de las tecnologías individuales sin modificar la lógica global del sistema.
Por lo tanto, necesitamos un cambio de perspectiva.
Es en este espacio de reflexión donde se inserta el concepto de Tecnología de la Naturaleza, desarrollado desde la perspectiva agroecológica de Guido Bissanti y explorado en profundidad en el volumen Principi e fondamenti di agroecologia, del que es coautor junto con Giovanni Dara Guccione, Barbara Manachini, Paola Quatrini y Alberto Sturla [2].
El término «tecnología», en este contexto, no se refiere a máquinas o herramientas en el sentido convencional. Más bien, es una clave interpretativa para observar cómo los sistemas naturales organizan la materia y la energía, utilizan la información, establecen relaciones, reciclan recursos, se adaptan a las perturbaciones y mantienen su capacidad de funcionamiento a lo largo del tiempo [2, 10, 14].
Desde esta perspectiva, la naturaleza no es una máquina que se pueda copiar mecánicamente, sino un conjunto de procesos y principios de los que podemos aprender.
Una tecnología basada en las relaciones entre materia, energía e información
Uno de los elementos centrales de la Tecnología de la Naturaleza es la interacción continua entre materia, energía e información.
La vida no es simplemente una colección de moléculas. Los organismos vivos poseen niveles de organización que les permiten mantener su identidad, interactuar con el entorno, reproducirse y cambiar a lo largo de la evolución.
Maturana y Varela desarrollaron el concepto de autopoiesis para describir la capacidad de los sistemas vivos de producir y mantener continuamente su propia organización [10].
Desde una perspectiva ecológica, además, los organismos no pueden considerarse separados del entorno en el que viven. El agua, la atmósfera, el suelo, los minerales, la radiación solar y las comunidades biológicas participan en una red de intercambios en la que la materia y la energía se transforman y transfieren continuamente [6, 9].
Una planta, por ejemplo, utiliza la radiación solar como fuente de energía, absorbe agua y nutrientes del suelo e intercambia gases con la atmósfera. Mediante la fotosíntesis, produce materia orgánica que posteriormente se incorpora a las redes tróficas y los ciclos biogeoquímicos [6, 12].
La materia orgánica producida por una planta puede servir de alimento para otros organismos; parte de ella se incorpora al suelo; los descomponedores la transforman; los nutrientes vuelven a estar disponibles y pueden ser utilizados por otros organismos.
Por lo tanto, el sistema no funciona según una simple secuencia lineal.
Funciona a través de ciclos, transformaciones, intercambios y relaciones.
Es precisamente esta característica la que hace que el concepto de Tecnología de la Naturaleza sea particularmente significativo para la agroecología [2, 4].
La información biológica también representa un componente fundamental de la organización de los sistemas vivos. El ADN constituye un sistema para la conservación y transmisión de la información genética, mientras que los procesos evolutivos permiten que las poblaciones cambien con el tiempo [12].
Es importante, sin embargo, no confundir estos diferentes niveles. Materia, energía e información no son equivalentes desde un punto de vista físico. Más bien, su relación constituye una clave interpretativa para comprender cómo se organizan y mantienen los sistemas vivos. La Tecnología de la Naturaleza añade la dimensión de la organización biológica a esta perspectiva: la energía se utiliza en los sistemas vivos para sostener procesos que organizan y transforman la materia a través de estructuras biológicas e información [2, 10].
La fotosíntesis es uno de los ejemplos más evidentes.
La energía solar se convierte en energía química y se utiliza para la formación de materia orgánica. Esta materia, a su vez, se incorpora a las redes tróficas y a los ciclos ecosistémicos [6, 12].
Por lo tanto, la vida puede considerarse un proceso continuo de transformación en el que la materia y la energía se organizan mediante sistemas biológicos capaces de almacenar y transmitir información.
Es esta capacidad de organización, interacción y transformación la que permite el funcionamiento de los ecosistemas y contribuye a su capacidad de adaptación y resiliencia [3, 7, 9].
Una tecnología que funciona con relaciones
La diferencia entre muchos sistemas tecnológicos humanos y los sistemas naturales se hace aún más evidente al considerar el papel de las relaciones.
Una máquina se puede descomponer en sus componentes. Si un componente se rompe, a menudo se puede reemplazar sin alterar sustancialmente el funcionamiento de los demás.
Un ecosistema no se puede interpretar de la misma manera.
Un bosque no es simplemente un conjunto de árboles. El suelo no es un recipiente para cultivar. Un río no es solo un canal por el que fluye el agua.
El funcionamiento surge de las relaciones.
Las raíces interactúan con microorganismos y hongos; la vegetación influye en el microclima; la materia orgánica nutre a las comunidades biológicas; los insectos participan en la polinización; el agua conecta sistemas aparentemente separados [6, 12].
El valor ecológico de un sistema, por lo tanto, depende no solo de la presencia de elementos individuales, sino también de las relaciones, los procesos y las funciones que los conectan [3, 7].
Esta es una diferencia fundamental.
La tecnología humana ha sido extraordinariamente eficaz en el diseño de objetos. La tecnología de la naturaleza sugiere centrarse en diseñar y mantener relaciones [2].
Esta perspectiva es particularmente importante al diseñar agroecosistemas.
La pregunta no debería ser simplemente qué variedad usar, qué fertilizante aplicar o qué maquinaria comprar.
También deberíamos preguntarnos: ¿qué relaciones debemos restablecer para que el sistema funcione mejor?
Una tecnología que no maximiza un único rendimiento
Incluso el concepto de eficiencia adquiere un significado diferente.
Un sistema industrial puede diseñarse para maximizar un rendimiento determinado: producir más unidades de producto utilizando menos energía, menos tiempo o menos materias primas.
Sin embargo, los ecosistemas no pueden reducirse a la maximización de un único rendimiento.
Un bosque produce biomasa, conserva carbono, contribuye al ciclo del agua, protege el suelo, alberga biodiversidad y modifica las condiciones microclimáticas.
Un humedal puede, simultáneamente, proporcionar hábitat, retener agua, contribuir a la purificación natural y reducir ciertos riesgos hidrológicos [3, 7].
Por lo tanto, la funcionalidad de un ecosistema depende de la multiplicidad de interacciones y funciones.
Esto no significa que la naturaleza sea siempre «más eficiente» que la tecnología humana. Más bien, significa que los criterios de evaluación pueden ser diferentes.
Un sistema diseñado para maximizar un único rendimiento puede ser altamente eficiente con respecto a ese objetivo y, al mismo tiempo, vulnerable cuando cambian las condiciones.
Por otro lado, la resiliencia plantea una cuestión diferente: ¿cuán capaz es un sistema de mantener o recuperar sus funciones ante perturbaciones y cambios? [7].
Por lo tanto, la resiliencia no significa la ausencia de cambio.
Es la capacidad de seguir funcionando en condiciones variables.
La energía no se utiliza únicamente para la producción: se utiliza para la organización
La fotosíntesis demuestra claramente la diferencia entre una concepción puramente productiva de la energía y una ecológica.
La energía solar se utiliza para construir materia orgánica. Esta materia no se limita al organismo que la produjo: se incorpora a las redes tróficas, se transforma mediante organismos en descomposición y participa en ciclos materiales [6, 12].
La energía fluye a través de los ecosistemas, mientras que muchos elementos de la materia se reciclan continuamente. Esta es una distinción importante.
Un sistema industrial lineal tiende a extraer recursos, transformarlos, utilizarlos y producir residuos.
Los ecosistemas, en cambio, se caracterizan por una fuerte interdependencia entre producción, consumo, descomposición y reciclaje [6, 9].
Por esta razón, el concepto de Tecnología de la Naturaleza exige un diseño en el que la materia no se considere simplemente como un recurso para ser consumido, sino como parte de ciclos que deben mantenerse [2, 4].
El objetivo no es imitar mecánicamente cada proceso natural, sino comprender el principio general de la circularidad.
La agroecología como laboratorio de la tecnología de la naturaleza
La agroecología representa un contexto en el que estos principios pueden traducirse concretamente.
Un campo puede interpretarse como una superficie diseñada para maximizar la producción.
O bien, puede considerarse como un agroecosistema en el que cultivos, suelo, microorganismos, insectos, agua, clima y paisaje interactúan continuamente.
En este último caso, cambia nuestra concepción de la producción.
La fertilidad del suelo no se limita a la disponibilidad inmediata de nutrientes. Incluye la estructura, la materia orgánica, la actividad biológica, la capacidad de retención de agua y las interacciones entre organismos [1, 5].
Por lo tanto, la biodiversidad no es simplemente un componente que debe conservarse por razones éticas o paisajísticas. Es también un componente funcional del agroecosistema [4, 12].
La rotación de cultivos, el cultivo intercalado, la cobertura vegetal permanente, los setos, la gestión de la materia orgánica, la diversificación de cultivos y la labranza reducida pueden interpretarse como herramientas para reconstruir y fortalecer las relaciones ecológicas del sistema [1, 4, 5].
La agroecología se convierte así en algo más que un conjunto de técnicas. Se transforma en un método para diseñar sistemas agroalimentarios.
La FAO identifica la diversidad, las sinergias, la eficiencia, la resiliencia, el reciclaje y la cocreación e intercambio de conocimientos entre los elementos de la agroecología, proponiendo una visión sistémica de la transición agroalimentaria [4].
Estos principios demuestran una fuerte convergencia con la idea de la Tecnología de la Naturaleza: no sustituir continuamente los procesos ecológicos con insumos externos, sino utilizar y fortalecer los ya presentes en el sistema [2, 4].
De la sustitución a la regeneración
Aquí es donde la tecnología de la naturaleza adquiere un significado más amplio para la transición ecológica.
Una parte significativa de la innovación contemporánea se basa en la sustitución de:
– combustibles fósiles por fuentes renovables;
– motores térmicos por motores eléctricos;
– materiales vírgenes por materiales reciclados;
– procesos ineficientes por otros más eficientes.
Estos cambios son necesarios, pero sustituir un componente no implica necesariamente transformar el funcionamiento de todo el sistema.
Por lo tanto, la siguiente pregunta debería ser: ¿la nueva solución solo reduce el daño o también aumenta la capacidad de regeneración del sistema?
Esto representa el cambio de la eficiencia a la regeneración.
Un sistema agrícola regenerativo no solo debe consumir menos insumos, sino que también debe ser capaz de contribuir a la recuperación de la fertilidad del suelo y la funcionalidad biológica.
Una ciudad resiliente no solo debe consumir menos energía, sino que podría utilizar la vegetación, el suelo y el agua como componentes de la infraestructura urbana para contribuir a la gestión del calor y las aguas pluviales [5, 13].
La gestión de los ríos no debe limitarse necesariamente a la construcción de estructuras cada vez más grandes para contener el agua. En ciertos contextos, puede ser más eficaz restaurar el espacio a los procesos naturales de expansión y retención, integrándolos con la infraestructura necesaria [5, 13].
Por lo tanto, la regeneración no significa simplemente «hacer el bien a la naturaleza».
Significa reconstruir las capacidades funcionales.
Antes de intervenir, es fundamental comprender
Esta perspectiva también transforma profundamente nuestra forma de diseñar. Solemos partir de una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué necesitamos construir?
Un enfoque inspirado en la Tecnología de la Naturaleza debería, en cambio, comenzar con una pregunta previa y, en cierto sentido, más fundamental: ¿cómo funciona este sistema?
Antes de decidir qué intervención implementar, necesitamos comprender cómo circula el agua, cómo se mueve la materia, qué organismos interactúan entre sí y qué procesos naturales siguen activos. Al mismo tiempo, necesitamos comprender cuáles de estos procesos hemos interrumpido, qué funciones ecológicas hemos debilitado y, sobre todo, qué impide actualmente la regeneración del sistema.
Solo tras adquirir este conocimiento se podrá identificar la intervención más adecuada.
En algunos casos, será necesaria tecnología sofisticada; en otros, puede ser esencial construir infraestructura. En otros, la solución más eficaz puede ser mucho más sencilla: eliminar un obstáculo y permitir que un proceso natural retome su función.
Este enfoque, por lo tanto, requiere un conocimiento profundo del territorio y su dinámica. No se trata solo de identificar un problema y diseñar una respuesta, sino de comprender los procesos que regulan un sistema e intervenir, cuando sea necesario, para apoyar su funcionamiento natural.
Incluso la evaluación de impacto ambiental (EIA) puede interpretarse desde esta perspectiva. La EIA no debe reducirse a buscar una compensación que se aplique después de que se haya producido un impacto. La jerarquía de la intervención ambiental debe priorizar, siempre que sea posible, primero la evitación y prevención de impactos, luego su reducción y solo en el caso de impactos residuales, la adopción de las medidas compensatorias exigidas por la ley.
La Tecnología de la Naturaleza introduce así un principio de diseño importante: antes de compensar un proceso ecológico destruido, debemos preguntarnos si es posible evitar su destrucción o preservar su funcionalidad.
Comprender antes de intervenir significa, en última instancia, reconocer que la primera forma de diseño no consiste necesariamente en construir algo, sino en comprender cómo funciona lo que ya existe y evaluar si es posible preservar o restaurar sus procesos.
Aprender a diseñar con la naturaleza
Restaurar el espacio a los procesos naturales no significa regresar a un pasado idealizado. Significa utilizar el conocimiento científico y la innovación tecnológica para trabajar con los sistemas naturales.
Un humedal puede contribuir a la gestión del agua. La vegetación puede ayudar a mitigar el calor urbano. La vegetación costera y los sistemas de dunas pueden contribuir a la protección del litoral. Un suelo rico en materia orgánica puede mejorar la retención de agua y sustentar una comunidad biológica más compleja [1, 5, 13].
Las soluciones basadas en la naturaleza apuntan precisamente en esta dirección.
No se trata de reemplazar la tecnología con la naturaleza, sino de integrar los procesos naturales y el diseño humano.
La UICN define las soluciones basadas en la naturaleza como acciones dirigidas a proteger, gestionar de forma sostenible y restaurar ecosistemas naturales o modificados, abordando simultáneamente los desafíos sociales y generando beneficios para el bienestar humano y la biodiversidad [13].
Es una perspectiva que impulsa la tecnología hacia una forma diferente de innovación.
No necesariamente se trata de hacer más, sino de hacerlo mejor, aprovechando también las capacidades de los sistemas naturales.
De la eficiencia a la suficiencia
La tecnología de la naturaleza plantea una pregunta aún más radical que la de la eficiencia. No se trata solo de cómo podemos hacer lo mismo consumiendo menos recursos, sino también de si realmente necesitamos hacerlo.
La eficiencia sigue siendo un objetivo fundamental de la transición ecológica: usar menos energía, menos agua, menos materiales y reducir los residuos es, sin duda, importante. Sin embargo, la eficiencia por sí sola puede no ser suficiente si, al mismo tiempo, nuestro consumo total continúa aumentando. Un proceso puede volverse más eficiente, pero si aumentamos continuamente su escala, los ahorros logrados corren el riesgo de verse contrarrestados por el aumento del consumo.
Por eso, junto con la eficiencia, se hace necesario hablar de suficiencia. La pregunta ya no es simplemente cómo producir y consumir de forma más eficiente, sino cuánto necesitamos realmente.
¿Cuánta energía necesitamos para vivir bien? ¿Cuánta agua usamos realmente? ¿Cuántos materiales necesitamos? ¿Cuánta tierra necesitamos ocupar? ¿Y cuánta infraestructura necesitamos realmente para satisfacer nuestras necesidades?
Estas preguntas transforman nuestra perspectiva. Nos invitan a no centrarnos exclusivamente en mejorar las tecnologías existentes, sino a repensar las necesidades y cómo elegimos satisfacerlas.
La innovación más importante, de hecho, no consiste necesariamente en inventar un producto que haga lo mismo consumiendo menos. A veces, la innovación consiste en comprender que una necesidad puede satisfacerse con muchos menos recursos. Otras veces, puede significar repensar por completo la forma en que se organiza un servicio, evitando producir, transportar o consumir lo que no es realmente necesario.
Desde esta perspectiva, la suficiencia no representa un retorno al pasado ni una renuncia a la innovación. Al contrario, puede convertirse en una de sus formas más interesantes: no hacer lo mismo mejor, sino comprender si podemos hacerlo de manera diferente, haciendo lo necesario con menos.
Esto también es, después de todo, innovación tecnológica.
Una nueva idea de progreso
Si aceptamos esta perspectiva, también debemos repensar el significado de progreso.
Durante mucho tiempo, el progreso se ha asociado principalmente con la capacidad humana de transformar el entorno.
Hoy en día, esa capacidad ha alcanzado una escala que puede comprometer las condiciones ecológicas de las que dependen nuestras actividades [5, 11].
Por lo tanto, el progreso futuro debe medirse no solo en términos de cantidad producida, velocidad o eficiencia, sino también en términos de la capacidad de conservar y regenerar los sistemas de los que dependemos.
Un territorio será verdaderamente más resiliente cuando pueda mantener la fertilidad del suelo, la disponibilidad de agua, la biodiversidad y la capacidad de adaptación [3, 7].
Una ciudad será más avanzada no solo cuando sea tecnológicamente eficiente, sino cuando pueda integrar infraestructura artificial y procesos ecológicos para abordar el calor, el agua y otros riesgos ambientales [5, 13].
Una economía verdaderamente innovadora no solo será capaz de utilizar los recursos con mayor rapidez, sino también de reducir el consumo, aumentar el reciclaje y mantener la base ecológica de la que depende.
No necesitamos salvar el planeta
Quizás hemos usado demasiado la frase «salvar el planeta».
La Tierra no necesita ser salvada en el sentido humano de la palabra. Más bien, el problema radica en nuestra capacidad para seguir viviendo dentro de sistemas naturales que funcionen.
Al regenerar el suelo, protegemos su capacidad futura para producir alimentos.
Al restaurar un humedal, fortalecemos ciertas funciones hidrológicas y ecológicas.
Al devolverle espacio a un río, podemos reducir la vulnerabilidad del paisaje en ciertos contextos.
Al restaurar un ecosistema costero, podemos ayudar a proteger a las comunidades humanas que dependen de ese paisaje [3, 5, 13].
Por lo tanto, regenerar la naturaleza no es solo un gesto de protección hacia algo externo a nosotros. Es también una forma de autopreservación para la sociedad humana.
La Gran Evolución Cultural
La crisis ecológica nos obliga a reconocer los límites de nuestra capacidad de control.
El próximo desafío es aprender a cooperar con sistemas que no podemos controlar por completo.
Esto no significa abandonar la tecnología humana. Significa hacerla evolucionar.
Necesitamos satélites, sensores, modelos climáticos, sistemas de monitoreo, inteligencia artificial y herramientas analíticas avanzadas. Pero podemos utilizarlos para comprender mejor los procesos naturales, identificar las presiones que los obstaculizan y diseñar intervenciones más precisas y menos invasivas [5, 8].
Por lo tanto, la tecnología del futuro podría ser, en algunos casos, aquella que nos permita intervenir menos y comprender más.
No una tecnología que reemplace continuamente a la naturaleza, sino una tecnología que comprenda sus principios.
No una tecnología basada en el consumo lineal de recursos, sino orientada hacia la circularidad.
No una tecnología que maximice un único rendimiento, sino una tecnología que considere el funcionamiento global del sistema.
No una tecnología que apunte exclusivamente al control ambiental, sino una tecnología capaz de adaptarse a la dinámica ambiental.
Esta es la idea central de la Tecnología de la Naturaleza: no un modelo para ser copiado mecánicamente, sino un conjunto de principios para ser comprendidos y a partir de los cuales extraer criterios de diseño [2].
La naturaleza no necesariamente nos ofrece las máquinas del futuro.
Nos ofrece algo aún más importante: principios organizativos que han permitido a los sistemas vivos persistir, transformarse y adaptarse a lo largo del tiempo.
El reto de la reconversión ecológica podría ser precisamente este: pasar de la sustitución a la regeneración, del objeto al sistema, del control a la comprensión, de la linealidad a la circularidad.
Y quizás la pregunta decisiva ya no sea: ¿Cómo podemos salvar el planeta?
Sino: ¿Cómo podemos diseñar una civilización capaz de regenerar el sistema que la sustenta?
Esta será la verdadera evolución tecnológica y cultural de nuestro tiempo.
Guido Bissanti
Bibliografía
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[14] FAO – Food and Agriculture Organization of the United Nations (n.d.). Soil Biodiversity. FAO Soils Portal. Available at: https://www.fao.org/soils-portal/soil-biodiversity/en/ (accessed 28 August 2026).
