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Suelos y agroecosistemas supresores

Suelos y agroecosistemas supresores: cuando la naturaleza ayuda a los cultivos a defenderse

Introducción: Perspectivas cambiantes sobre la sanidad vegetal
Cuando un cultivo se ve afectado por una enfermedad, la reacción más común es considerar al patógeno como un enemigo que debe ser eliminado. Durante décadas, la defensa agrícola se ha basado principalmente en este principio: identificar el organismo responsable de la enfermedad e intervenir con productos capaces de limitar su desarrollo.
Si bien este enfoque ha generado importantes resultados de producción, también ha puesto de manifiesto varios problemas: mayor resistencia de los patógenos a los tratamientos, reducción de la biodiversidad, empobrecimiento biológico de los suelos y mayor dependencia de intervenciones externas.
Investigaciones recientes revelan una perspectiva diferente: muchas enfermedades dependen no solo de la presencia del patógeno, sino del equilibrio de todo el sistema agrícola.
Un suelo rico en vida, un cultivo equilibrado y un entorno agrícola diverso pueden crear condiciones en las que los patógenos tienen mayor dificultad para propagarse.
De esta nueva visión surge el concepto de suelo supresor y, a mayor escala, el de agroecosistema supresor.
El objetivo no es eliminar por completo el patógeno, una meta a menudo imposible en la naturaleza, sino asegurar que la enfermedad se mantenga por debajo de un umbral de daño económicamente significativo.

El suelo: No es un simple sustrato, sino un ecosistema vivo
Durante mucho tiempo, el suelo se consideró principalmente como un entorno físico capaz de sustentar las raíces y proporcionar agua y nutrientes.
Hoy sabemos que esta visión es incompleta.
Cada gramo de suelo contiene millones de microorganismos: bacterias, hongos, actinomicetos y otros organismos que forman una compleja comunidad biológica llamada microbioma del suelo.
Esta comunidad desempeña funciones fundamentales:
– proporciona nutrientes;
– promueve el desarrollo de las raíces;
– mejora la estructura del suelo;
– protege a las plantas de la presión de ciertos patógenos.
En algunos suelos, esta actividad biológica alcanza un nivel que limita de forma natural el desarrollo de enfermedades. Estos se denominan suelos supresores de enfermedades.

¿Qué son los suelos supresores?
Un suelo supresor es aquel en el que un patógeno puede estar presente, pero no puede desarrollarse lo suficiente como para causar una enfermedad grave.
Este es un concepto muy importante porque cambia la forma en que interpretamos la relación entre la planta y el patógeno.
La presencia de un organismo dañino, de hecho, no significa automáticamente que se vaya a desarrollar una epidemia grave. La enfermedad aparece cuando se da una combinación particularmente favorable de:
– presencia del patógeno;
– planta susceptible;
– condiciones ambientales adecuadas.
Este principio, conocido como el «triángulo de la enfermedad», nos recuerda que modificar el ambiente puede ser tan importante como intervenir directamente sobre el patógeno.
Estudios sobre suelos supresores han demostrado que la comunidad microbiana del suelo puede limitar numerosos organismos que causan enfermedades en los cultivos, incluyendo hongos, oomicetos, bacterias y nematodos (Alabouvette, 1986; Weller et al., 2002).

¿Cómo funciona un suelo supresor?
La capacidad de un suelo para contener una enfermedad surge de la combinación de muchos procesos biológicos pequeños.
El principio fundamental es la competencia entre microorganismos. Los microorganismos beneficiosos pueden ocupar los mismos espacios y utilizar los mismos recursos que los patógenos, impidiendo su multiplicación (aunque esta antigua clasificación: beneficioso/patógeno ahora se incluye dentro de una serie de funciones y roles útiles para mantener el equilibrio de un ecosistema, incluyendo los agrícolas).
Es como si el patógeno encontrara un entorno ya «ocupado».
Para ello, debemos analizar la producción de sustancias antagónicas naturales. Algunas bacterias y hongos producen compuestos capaces de inhibir directamente el desarrollo de otros microorganismos.
Por esta razón, es necesario analizar la actividad de organismos depredadores o parásitos. De hecho, algunos microorganismos del suelo son capaces de atacar directamente a los patógenos.
Otra actividad importante es la estimulación de las defensas de la planta. Algunas bacterias de la rizosfera pueden potenciar la capacidad de la planta para responder a los ataques.
Este fenómeno se denomina resistencia sistémica inducida y constituye una de las áreas de investigación más interesantes en la relación entre el microbioma y la salud de los cultivos (Raaijmakers et al., 2009).

De la salud del suelo a un agroecosistema supresor
El concepto de supresión no se limita al suelo. Un cultivo agrícola es un sistema complejo en el que interactúan los siguientes elementos:
– plantas cultivadas;
– microorganismos;
– insectos;
– vegetación espontánea;
– clima;
– manejo agronómico.
Un agroecosistema supresor es, por lo tanto, un entorno agrícola diseñado para favorecer los procesos naturales que limitan el desarrollo de enfermedades.
Esta idea es la base de la agroecología: no se trata de reemplazar por completo las técnicas agrícolas con la naturaleza, sino de utilizar el conocimiento de los procesos ecológicos para diseñar sistemas de producción más resilientes.
Entre las prácticas agrícolas que promueven la supresión se incluyen:
El pastoreo y los cultivos de cobertura.
Una de las prácticas más estudiadas es el mantenimiento de un cultivo de cobertura entre cultivos.
Los cultivos de cobertura pueden:
– aumentar la materia orgánica del suelo;
– promover comunidades microbianas más diversas;
– mejorar la estructura del suelo;
– reducir las salpicaduras de tierra que pueden transferir inóculo de patógenos a las hojas;
– mejorar el equilibrio del microclima.
En los viñedos, por ejemplo, la cobertura del suelo puede ayudar a reducir las condiciones favorables para el desarrollo de enfermedades como el mildiú velloso y el oídio.
Esto no significa eliminar el problema, sino hacer que el sistema sea menos propicio para la propagación de la enfermedad.
La diversidad vegetal también desempeña un papel crucial; puede explicarse como un modelo termodinámico más eficiente para el uso y la transformación de la energía solar y los residuos de otros organismos (Bissanti et al., 2025).
Los entornos agrícolas muy simplificados pueden favorecer la propagación de patógenos.
Por el contrario, la presencia de una mayor diversidad vegetal mediante:
– rotaciones;
– cultivos intercalados;
– setos;
– franjas ecológicas;
– cultivos de cobertura;
puede crear una red biológica más compleja.
La biodiversidad puede reducir la presión de las enfermedades a través de varios mecanismos: modificación ambiental, aumento de organismos beneficiosos y mejor equilibrio entre las poblaciones microbianas (Ratnadass et al., 2012).
La producción de compost y las técnicas que promueven la acumulación de materia orgánica también son importantes.
La materia orgánica es uno de los elementos centrales de la fertilidad biológica del suelo.
La adición de compost maduro puede promover microorganismos beneficiosos y contribuir a la creación de ambientes menos favorables para los patógenos.
Sin embargo, no todos los composts tienen el mismo efecto: la calidad, la madurez y el origen del material influyen notablemente en el resultado.
Algunos composts pueden tener propiedades supresoras gracias a la presencia de comunidades microbianas capaces de combatir patógenos específicos (De Corato, 2020).
Entre los ejemplos más interesantes, también por la importancia del fenómeno, se encuentran el mildiú velloso y el oídio: ¿qué puede hacer un agroecosistema supresor para mantenerlos dentro de niveles compatibles con la producción agrícola?
Enfermedades como:
– mildiú velloso de la vid (Plasmopara viticola);
– mildiú velloso del tomate (Phytophthora infestans);
– oídio de la vid (Erysiphe necator);
están fuertemente influenciadas por las condiciones climáticas.
En años altamente favorables para los patógenos, con alta humedad y temperaturas propicias para el desarrollo de infecciones, ninguna práctica agroecológica por sí sola puede garantizar la ausencia de enfermedades.
Sin embargo, un sistema agrícola más equilibrado puede:
– ralentizar el desarrollo de la epidemia;
– reducir la gravedad de los ataques;
– mejorar la salud general de las plantas;
– reducir el número de tratamientos necesarios.
La verdadera innovación, por lo tanto, reside en pasar de simplemente «combatir el patógeno» a gestionar la vulnerabilidad del sistema agrícola.

Una nueva agricultura: colaboración con los procesos naturales
El concepto de suelo y agroecosistema supresor representa un cambio significativo.
El suelo ya no se considera un simple soporte para la producción, sino un organismo complejo capaz de contribuir a la salud de los cultivos.
La defensa del futuro probablemente se basará cada vez más en la integración de:
– suelos vivos;
– biodiversidad;
– microbiomas funcionales;
– variedades resistentes;
– gestión equilibrada de la fertilidad;
– intervenciones específicas cuando sean realmente necesarias.
La naturaleza no elimina por completo los problemas, pero sí posee mecanismos reguladores (retroalimentación) que la agricultura puede aprender a aprovechar.
Un agroecosistema saludable no es aquel que carece de organismos, sino aquel en el que sus diversos componentes mantienen un equilibrio dinámico.
Por ello, cada vez necesitamos más una visión holística donde la investigación se vuelva sistémica y aborde el estudio de la «lógica» de la naturaleza.

Guido Bissanti

Bibliografía útil:
Alabouvette, C. (1986).
Fusarium-wilt suppressive soils from the Châteaurenard region: review of a 10-year study. Agronomy, 6, 273–284.

Alabouvette, C., Olivain, C., Steinberg, C. (2009).
The soil as a reservoir for antagonists to plant diseases. Journal of Plant Pathology, 91, 245–256.

Bakker, M.G., Schlatter, D.C., Otto-Hanson, L., Kinkel, L.L. (2013).
Diffusion of disease-suppressive microorganisms in soil. Environmental Microbiology, 15, 1877–1887.

Bissanti, G., Guccione, G. D., Manachini, B., Quatrini, P., & Sturla, A. (2025).
Principi e fondamenti di Agroecologia. Associazione Medinova. ISBN 979-1280140401.

De Corato, U. (2020).
Soil microbiota manipulation and its role in suppressing soil-borne plant pathogens in organic farming systems. Chemical and Biological Technologies in Agriculture, 7, 17.

Garbeva, P., van Veen, J.A., van Elsas, J.D. (2004).
Microbial diversity in soil: selection of microbial populations by plant and soil type and implications for disease suppressiveness. Annual Review of Phytopathology, 42, 243–270.

Janvier, C. et al. (2007).
Soil health through soil disease suppression: which strategy from descriptors to indicators? Soil Biology and Biochemistry, 39, 1–23.

Mendes, R. et al. (2011).
Deciphering the rhizosphere microbiome for disease-suppressive bacteria. Science, 332, 1097–1100.

Raaijmakers, J.M. et al. (2009).
The rhizosphere: a playground and battlefield for soilborne pathogens and beneficial microorganisms. Plant and Soil, 321, 341–361.

Ratnadass, A., Fernandes, P., Avelino, J., Habib, R. (2012).
Plant species diversity for sustainable management of crop pests and diseases in agroecosystems: a review. Agronomy for Sustainable Development, 32, 273–303.

Weller, D.M., Raaijmakers, J.M., Gardener, B.B.M., Thomashow, L.S. (2002).
Microbial populations responsible for specific soil suppressiveness to plant pathogens. Annual Review of Phytopathology, 40, 309–348.

Wezel, A. et al. (2018).
Agroecological principles and elements and their implications for transitioning to sustainable food systems. A review on agroecology.

Fuente de la foto: https://www.progressivecrop.com/2023/03/01/the-key-to-building-a-soil-that-can-suppress-pathogens-naturally/




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