Agroecología una ciencia relacional
Agroecología: Una ciencia relacional – Hacia una nueva epistemología de las ciencias de la vida
«El gran desafío de la ciencia del siglo XXI quizás no sea comprender cada vez mejor los componentes individuales de la naturaleza, sino comprender las relaciones que permiten que la naturaleza exista como un sistema vivo»
Introducción
La agricultura contemporánea se enfrenta a uno de los desafíos más complejos de su historia. El cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la degradación del suelo y la creciente inestabilidad económica, junto con la creciente necesidad de producir alimentos de forma sostenible, exigen una reflexión que vaya más allá de la simple innovación tecnológica.
La cuestión central no es solo qué herramientas utilizar, sino también cómo observar e interpretar los sistemas agrícolas.
Abordar la complejidad del mundo vivo puede requerir un cambio más profundo: una evolución en la propia manera en que la investigación científica formula sus preguntas.
En las últimas décadas, la agroecología ha representado una de las respuestas más significativas a esta necesidad. Al aplicar los principios de la ecología al diseño de agroecosistemas, ha demostrado que la biodiversidad, los ciclos biológicos y los servicios ecosistémicos no son elementos secundarios, sino componentes fundamentales de la productividad agrícola.
Sin embargo, hoy en día la agroecología puede estar llamada a dar un paso evolutivo más: no solo proponer un modelo agrícola diferente, sino también contribuir a la construcción de una nueva epistemología de las ciencias de la vida.
Una perspectiva en la que el objeto fundamental de la investigación ya no sea solo el organismo individual, sino la relación que conecta a los organismos entre sí y con el medio ambiente.
Del paradigma de la parte al paradigma de la relación
Durante más de tres siglos (especialmente bajo el impulso del pensamiento ilustrado), la ciencia occidental ha construido su extraordinario éxito mediante el método analítico.
Comprender un sistema significaba descomponerlo en sus partes fundamentales, estudiar sus elementos individuales y reconstruir su funcionamiento global.
Este enfoque ha producido resultados extraordinarios en física, química, biología molecular y agronomía moderna.
Sin embargo, el propio desarrollo de las ciencias biológicas ha revelado una limitación fundamental: los organismos vivos no son simplemente la suma de sus partes.
Un suelo fértil no es solo una combinación de arcilla, limo, arena y materia orgánica.
Un bosque no es la suma de sus árboles.
Un agroecosistema no es simplemente la suma de sus cultivos. Así como la experiencia de un agricultor no se limita al cultivo o la cría de un organismo, también existe.
En todos estos casos, surgen nuevas propiedades que no pertenecen a elementos individuales aislados, sino que provienen de sus interacciones.
La fertilidad del suelo se deriva de la actividad coordinada de microorganismos, raíces, hongos, fauna y elementos minerales.
La estabilidad de un bosque depende de las relaciones entre especies vegetales, animales, microorganismos, clima y ciclos de materiales.
La productividad de un agroecosistema surge de la interconexión de organismos, energía solar, agua, nutrientes y gestión humana.
La complejidad, por lo tanto, reside no solo en las partes, sino sobre todo en las relaciones.
Las relaciones como nueva unidad de análisis científico
La teoría de sistemas, la ecología contemporánea y la biología de la complejidad han destacado progresivamente que muchos fenómenos biológicos solo pueden comprenderse considerando las redes de interacciones que los generan.
Desde esta perspectiva, crece la conciencia de que la agroecología es una ciencia relacional: considera las relaciones como una de las principales unidades de análisis científico.
Esto no implica abandonar el estudio de los componentes individuales. Es evidente que el conocimiento de los genes, los microorganismos, las plantas y los procesos fisiológicos sigue siendo indispensable.
Sin embargo, es necesario reconocer que ningún componente puede comprenderse plenamente separándolo del sistema de relaciones en el que se inserta.
Este cambio de perspectiva transforma profundamente la manera en que interpretamos los conceptos agrícolas fundamentales.
La fertilidad como propiedad emergente del agroecosistema
Tradicionalmente se ha considerado la fertilidad como una característica del suelo. Desde una perspectiva relacional, se convierte en una propiedad emergente de todo el sistema biológico.
Hoy sabemos que la fertilidad surge de la interacción dinámica entre el microbioma del suelo, los sistemas radiculares, la materia orgánica, los hongos micorrízicos, la fauna edáfica, el agua, la energía solar y las prácticas agrícolas.
Un suelo no es fértil sólo porque contenga ciertos elementos químicos; es fértil porque alberga una red biológica capaz de transformar, conservar y hacer disponibles esos recursos. Podemos decir que la fertilidad es un acumulador de interrelaciones que pueden asimilarse temporalmente en una verdadera potencia energética, de forma muy compleja.
Asimismo, la biodiversidad no representa simplemente una lista de especies presentes en un ambiente. Constituye el capital biológico que sustenta el funcionamiento de todo el ecosistema.
De hecho, la diversidad de organismos permite una mayor capacidad de adaptación, estabilidad y respuesta a las perturbaciones.
Por tanto, la productividad agrícola puede interpretarse como una propiedad emergente de la calidad de las relaciones ecológicas.
Más allá de la producción bruta vendible: el valor del capital biológico
Esta perspectiva conduce inevitablemente también a una reconsideración de los indicadores económicos tradicionales.
La Producción Bruta Vendible representa sólo la parte de la productividad del agroecosistema que ingresa directamente al mercado.
Sin embargo, una parte mucho mayor de la biomasa producida desempeña funciones fundamentales: nutre el suelo, genera humus, sustenta las redes alimentarias, aumenta el carbono orgánico y fortalece la capacidad del sistema para reaccionar ante los fenómenos climáticos.
Este componente invisible representa una forma de capital natural.
Si constituye un recurso fundamental de la empresa agrícola, entonces la evaluación económica basada exclusivamente en la producción comercializada arroja una descripción incompleta del proceso de producción.
Por lo tanto, el objetivo de la investigación agrícola no debería ser sólo aumentar la cantidad de producto vendible, sino también comprender cómo aumentar la capacidad del agroecosistema para generar continuamente capital biológico.
Los ingresos agrícolas se convierten así en el resultado de un equilibrio dinámico entre producción, costos energéticos, fertilidad, biodiversidad, resiliencia y capacidad de autorregeneración del sistema.
El agricultor como diseñador de ecosistemas
Dentro de esta visión también cambia el papel del agricultor.
No es sólo un productor de alimentos. Se convierte, junto con el personal de agrónomos, forestales y técnicos del sector, en un diseñador de ecosistemas.
Cada elección de gestión modifica simultáneamente el microbioma del suelo, la biodiversidad vegetal, las redes alimentarias, el ciclo del agua, el equilibrio energético y la capacidad general del sistema para mantener su organización.
Por tanto, la producción agrícola representa el resultado visible de una red invisible de procesos biológicos.
Organismos Genéticamente Modificados (OGM) y Técnicas de Evolución Asistida (TEA): Una Nueva Cuestión Científica
El debate sobre los organismos genéticamente modificados (OGM) y las técnicas de evolución asistida (TEA) se ha caracterizado a menudo por un choque entre defensores y detractores, adquiriendo en ocasiones una dimensión predominantemente ideológica.
Sin embargo, una perspectiva relacional propone replantear la cuestión científica.
La pregunta fundamental no debería ser si una tecnología genética es, en términos absolutos, positiva o negativa.
La pregunta más interesante es: ¿cómo modifica esa tecnología el sistema vivo en el que se introduce?
Una planta obtenida mediante modificación genética puede poseer características agronómicas ventajosas: mayor resistencia a las enfermedades, mejor tolerancia a la sequía, mayor eficiencia en el uso de los recursos.
Sin embargo, esa planta no existe aislada. Está inserta en una compleja red de relaciones que incluye microorganismos del suelo, hongos, insectos, polinizadores, organismos antagónicos, especies silvestres, ciclos de nutrientes y prácticas agrícolas.
Por lo tanto, el efecto global de una innovación genética no puede evaluarse únicamente observando el rasgo introducido.
Es necesario analizar cómo esta característica influye en la organización de todo el agroecosistema.
Esta perspectiva no representa un rechazo a la biotecnología.
Por el contrario, propone una ampliación del método científico.
Las evaluaciones tradicionales de seguridad alimentaria, estabilidad genética y rendimiento productivo siguen siendo fundamentales, pero podrían integrarse con nuevos indicadores:
– efectos sobre la biodiversidad funcional;
– modificaciones de las redes ecológicas;
– influencia sobre la fertilidad biológica del suelo;
– efectos sobre la resiliencia del sistema;
– dependencia de insumos externos;
– capacidad del agroecosistema para mantener su organización a lo largo del tiempo.
Por lo tanto, la pregunta cambia.
Ya no se trata simplemente de: «¿Cuánto produce esta planta?», sino de: «¿Cómo modifica el sistema vivo en el que se inserta?».
Esto representa una de las contribuciones potenciales más originales de la agroecología, como ciencia relacional: desplazar el foco de la evaluación de la innovación individual al contexto ecológico en el que opera.
Una nueva epistemología de las ciencias de la vida
Esta reflexión encuentra puntos de contacto interesantes con algunas perspectivas contemporáneas de la filosofía de la ciencia. Federico Faggin, a través de sus reflexiones filosóficas, inspiradas también por las implicaciones de la física cuántica, propuso una visión de la realidad como una red de relaciones e información, en lugar de un simple conjunto de objetos aislados.
Estas interpretaciones pertenecen al ámbito filosófico y no representan una conclusión compartida por la física contemporánea.
Sin embargo, el paralelismo con la ecología resulta estimulante. La biología moderna demuestra que la funcionalidad de los ecosistemas surge de las relaciones entre los organismos.
La agroecología puede representar el campo en el que esta intuición se transforma en un programa científico riguroso.
Las relaciones no son un concepto abstracto.
Son un fenómeno medible a través de redes ecológicas, flujos de energía, interacciones tróficas, microbiomas, dinámicas evolutivas y propiedades emergentes.
La filosofía puede plantear nuevas preguntas.
La ciencia desarrolla las herramientas para ponerlas a prueba.
Conclusión: De la productividad a la resiliencia
La agroecología, con su trilogía de ciencia, movimiento y práctica, es, de hecho, una ciencia relacional; no sustituye a la ciencia analítica, sino que la complementa.
El reduccionismo sigue siendo esencial para comprender el funcionamiento de los componentes individuales, pero debe complementarse con una ciencia capaz de describir cómo interactúan esos componentes y generan nuevas propiedades.
Por lo tanto, el reto para la investigación agrícola en el futuro no reside simplemente en aumentar la producción, sino en comprender cómo construir sistemas capaces de mantener su vitalidad a lo largo del tiempo.
La naturaleza no es una colección de elementos aislados. Es un sistema dinámico en el que cada organismo participa continuamente en la construcción del equilibrio colectivo.
Comprender la naturaleza, por consiguiente, significa comprender las relaciones que permiten que la vida se organice.
Desde esta perspectiva, la agroecología representa no solo una propuesta para una agricultura más sostenible, sino un laboratorio potencial para una nueva epistemología de las ciencias de la vida:
– una ciencia que no renuncia al rigor, sino que reconoce la complejidad;
– Una ciencia que no sustituye los experimentos por ideas, sino que amplía el campo de las preguntas;
– Una ciencia que transita de la descripción de las partes a la comprensión de las relaciones que hacen posible el todo.
Todo esto permitirá, de una vez por todas, que la madurez del pensamiento científico y filosófico alcance un nuevo horizonte para el modelo de investigación. La historia que nos espera lo necesita.
Guido Bissanti
Referencias bibliográficas esenciales –
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