La acción de las bacterias en el suelo
La acción de las bacterias en el suelo es función del ecosistema microbiológico presente en él.
Durante muchos años, la agricultura ha considerado a las bacterias como «herramientas específicas».
Una cepa, una función, un efecto esperado.
Las bacterias específicas se suelen utilizar para lograr:
• la fijación de nitrógeno;
• la solubilización de fósforo;
• la producción de fitohormonas;
• el antagonismo contra patógenos específicos.
Sin embargo, esta lista presenta importantes limitaciones cualitativas.
En particular, propone una visión lineal.
He escrito en varias ocasiones que, en los agroecosistemas, las respuestas a nuestras acciones como agricultores o técnicos nunca son lineales.
Son sistémicas, interconectadas o, si se prefiere, circulares, porque dependen del contexto.
Hoy, en concreto, sabemos que el comportamiento de una bacteria en el suelo depende no solo de su composición genética, sino sobre todo del contexto biológico en el que se introduce (Fierer, 2017; Hartmann y Six, 2022).
Por lo tanto, el suelo no es simplemente un recipiente vivo; es un ecosistema –
Un sistema ecológico extremadamente complejo, dinámico y adaptativo (Clagnan et al., 2024).
Y es precisamente aquí donde surge uno de los grandes malentendidos de la agricultura moderna: la creencia de que un inóculo microbiano compuesto por una sola cepa bacteriana puede funcionar de la misma manera en todos los suelos y en todos los contextos.
Esto no es así.
La misma bacteria, la misma cepa, puede producir efectos diferentes según la biodiversidad microbiológica ya presente, la estructura del suelo, la materia orgánica, el pH, la humedad, los cultivos existentes, la calidad de los exudados radiculares y el historial agronómico del campo (Hartmann & Six, 2022; Francioli et al., 2025).
En otras palabras, la microbiota residente influye profundamente en la capacidad de una bacteria introducida para colonizar el sistema.
Y aquí es necesario recordar un concepto fundamental: la detección de quórum y, más generalmente, la comunicación bioquímica en la rizosfera.
Los microorganismos no viven aislados. Se comunican, perciben señales y responden a ellas.
Modifican su comportamiento en función de la densidad microbiana, la presencia de la planta y otros organismos en la rizosfera (Venturi y Keel, 2016).
El suelo no es un laboratorio estéril –
Este es probablemente el punto más importante que debemos comprender y que debemos hacer comprender a los demás.
Muchos microorganismos muestran un rendimiento extraordinario in vitro.
Pero al ser transferidos al campo abierto, los resultados suelen ser inconsistentes.
¿Por qué?
Porque en el suelo, las bacterias introducidas deben competir, cooperar, adaptarse, comunicarse bioquímicamente y encontrar nichos ecológicos disponibles donde establecerse.
Es decir, deben interactuar con miles de otras especies microbianas ya presentes (Francioli et al., 2025).
Y aquí entra en juego un concepto profundamente agroecológico: la función microbiológica surge de la red ecológica, no de la acción del organismo inoculado individualmente.
La planta ya no puede interpretarse como un organismo aislado.
Debe interpretarse como un holobionte.
Una unidad funcional compuesta por la planta y su microbioma asociado (Vandenkoornhuyse et al., 2015).
Un Bacillus puede actuar como promotor del crecimiento en suelos biológicamente maduros, pero ser mucho menos eficaz, o incluso ineficaz, en suelos degradados.
Una Pseudomonas puede favorecer la resiliencia de la planta en un agroecosistema rico en materia orgánica, pero su eficacia disminuye en suelos compactados, oxidados y biológicamente pobres.
Esto no significa que el microorganismo «no funcione».
Significa que falta el ecosistema capaz de sustentar su función.
El microbioma del suelo es un sistema de comunicación –
Las investigaciones más recientes demuestran que el microbioma no es una simple suma de microorganismos.
Es una red metabólica.
Las bacterias se comunican continuamente a través de metabolitos secundarios, compuestos orgánicos volátiles, sideróforos, polisacáridos extracelulares, señales de detección de quórum e intercambios nutricionales y redox (Fierer, 2017; Venturi y Keel, 2016; Clagnan et al., 2024).
En este contexto, introducir un inóculo microbiano implica alterar un equilibrio ecológico preexistente.
Por ello, la agroecología moderna no debería limitarse a «administrar bacterias individuales».
Debería, en cambio, crear las condiciones para que esas bacterias expresen sus funciones.
La verdadera pregunta, por lo tanto, no es simplemente:
«¿Qué bacterias debo usar?»
Sino:
«¿Qué ecosistema microbiológico debo construir?»
O, mejor aún:
«¿Qué ecosistema microbiológico está presente en la explotación donde necesito intervenir?»
Biodiversidad Microbiológica y Resiliencia –
Los suelos biológicamente complejos tienden a ser más resilientes.
Son más resistentes a la sequía, el estrés oxidativo, el cambio climático y las enfermedades de las plantas.
Esto se debe a que la biodiversidad microbiológica aumenta la redundancia funcional, la estabilidad metabólica, la complementariedad ecológica y la capacidad del sistema para adaptarse a las perturbaciones (Fierer, 2017; Hartmann y Six, 2022; Clagnan et al., 2024).
Una microbiota rica no es solo «más grande».
Es ecológicamente más inteligente.
Y aquí es donde las Soluciones Basadas en la Naturaleza (SBN) adquieren un papel central.
Las SBN deben nutrir no solo a la planta, sino a todo el sistema –
En un enfoque agroecológico avanzado, las SBN no pueden considerarse simples insumos técnicos.
Deben convertirse en herramientas para la regeneración biológica.
Por ejemplo:
• Compost maduro.
• Extractos fermentados.
• Cultivos de cobertura multiespecie.
• Biocarbón.
• Micorrizas.
• Consorcios microbianos.
• Enmiendas orgánicas.
• Extractos vegetales ricos en metabolitos secundarios;
pueden alterar profundamente la estructura y función del microbioma del suelo (Hartmann & Six, 2022; Clagnan et al., 2024).
Y a menudo, el resultado más importante no es el efecto directo sobre el cultivo.
Es la reconstrucción de la complejidad biológica.
Porque un agroecosistema biológicamente empobrecido se vuelve frágil.
Dependiente de insumos.
Metabólicamente inestable.
Mientras que un suelo microbiológicamente activo tiende a adquirir progresivamente la autorregulación.
De la microbiología a una visión sistémica –
El mayor error sería reducirlo todo a una simple inoculación microbiana.
El verdadero desafío es mucho más amplio.
Debemos pasar de la microbiología a la ecología microbiana.
De una sola cepa a un consorcio funcional.
De la lógica de los insumos a la lógica de las relaciones.
De la fertilización a la regeneración biológica del sistema.
Por lo tanto, la efectividad real de las bacterias en la agricultura puede no depender del microorganismo que introduzcamos, sino de la capacidad del agroecosistema para acogerlo, integrarlo y hacerlo funcional (Francioli et al., 2025).
En última instancia, la fertilidad biológica no surge de la presencia de un solo organismo.
Surge de la calidad de las conexiones entre todos los organismos que habitan el suelo.
Y es precisamente aquí donde debe comenzar la agronomía del futuro.
No en la bacteria como producto, sino en el suelo como ecosistema.
No en la inoculación como solución aislada.
Sino en la comunidad microbiana como infraestructura viva de fertilidad.
Francesco Di Lorenzo
Agrónomo
Bibliografía esencial
Clagnan, E., Costanzo, M., Visca, A., Di Gregorio, L., Tabacchioni, S., Colantoni, E., Sevi, F., Sbarra, F., Bindo, A., Nolfi, L., Magarelli, R. A., Trupo, M., Ambrico, A., & Bevivino, A. (2024).
Culturomics- and metagenomics-based insights into the soil microbiome preservation and application for sustainable agriculture.
Frontiers in Microbiology, 15, 1473666. DOI: 10.3389/fmicb.2024.1473666
Fierer, N. (2017).
Embracing the unknown: disentangling the complexities of the soil microbiome.
Nature Reviews Microbiology, 15(10), 579–590. DOI: 10.1038/nrmicro.2017.87
Francioli, D., Kampouris, I. D., Kuhl-Nagel, T., et al. (2025).
Microbial inoculants modulate the rhizosphere microbiome, alleviate plant stress responses, and enhance maize growth at field scale.
Genome Biology, 26, 148. DOI: 10.1186/s13059-025-03621-7
Hartmann, M., & Six, J. (2022).
Soil structure and microbiome functions in agroecosystems.
Nature Reviews Earth & Environment. DOI: 10.1038/s43017-022-00366-w
Vandenkoornhuyse, P., Quaiser, A., Duhamel, M., Le Van, A., & Dufresne, A. (2015).
The importance of the microbiome of the plant holobiont.
New Phytologist, 206(4), 1196–1206. DOI: 10.1111/nph.13312
Venturi, V., & Keel, C. (2016).
Signaling in the rhizosphere.
Trends in Plant Science, 21(3), 187–198. DOI: 10.1016/j.tplants.2016.01.005
