La biodiversidad que comemos
La biodiversidad que comemos: un puente entre el suelo, las plantas y la salud intestinal
Cuando pensamos en la salud humana, rara vez consideramos cómo nos alimentamos y, aún menos, el origen de los alimentos que compramos.
Además, casi nunca consideramos el suelo agrícola como el primer actor en el sistema alimentario y de salud humana.
Y, sin embargo, lo que llamamos bienestar podría comenzar precisamente en la tierra, bajo nuestros pies.
En el último año, ha ido tomando forma una perspectiva científica publicada en Nature Communications, que invita a observar con mayor atención la relación entre el suelo, la planta y el microbioma intestinal humano, planteando una posible continuidad biológica entre estos tres compartimentos: una hipótesis que merece gran atención (Ma et al., 2025).
El suelo no es un simple sustrato físico
El suelo agrícola es un sistema vivo en todos los sentidos, densamente entrelazado por relaciones biofísicas y habitado por una inmensa diversidad microbiana.
De hecho, podemos considerarlo una especie de “banco de semillas microbiano”, es decir, un reservorio biológico del que la planta recluta parte de su microbioma, tanto a nivel de la rizosfera como de la endosfera, filosfera y carposfera (Ma et al., 2025).
Además, estudios científicos previos ya habían considerado el suelo como un posible contribuyente, al menos en parte, de la composición del microbioma intestinal humano (Blum et al., 2019).
La idea de una posible —e incluso probable— continuidad biológica entre suelo, planta y microbioma intestinal humano nos permite cambiar la forma en que observamos los alimentos, especialmente los de origen vegetal.
Un fruto, una hoja o una raíz no son solo fuentes de azúcares, fibras, vitaminas o metabolitos secundarios como, por ejemplo, polifenoles, flavonoides y cumarinas.
Los vegetales que utilizamos como alimento llevan consigo la historia agroecológica del territorio en el que fueron producidos.
Transportan dentro de nuestro cuerpo la “huella” agroecológica del suelo en el que crecieron.
Contienen la impronta de las interacciones entre planta, suelo y microorganismos.
Desde este punto de vista, el alimento no es solo nutrición: es historia biológica, condiciones ambientales y métodos agroecológicos.
Y es precisamente aquí donde entra en juego el microbioma humano, ya que su composición está fuertemente influenciada por la dieta, el estilo de vida y la exposición ambiental; la literatura reciente sugiere que estos factores pueden incidir profundamente y, en algunos casos, resultar más determinantes que ciertos rasgos específicos del propio huésped (Parizadeh & Arrieta, 2023; Ma et al., 2025).
Una posible continuidad biológica
La posibilidad concreta de esta continuidad biológica se basa en el hecho de que existen microorganismos especialistas, otros generalistas y otros incluso transreino (cross-kingdom).
Los primeros están fuertemente ligados a un único hábitat.
Los segundos muestran una mayor flexibilidad ecológica.
Los terceros son los más fascinantes, porque parecen aparecer a lo largo de todo el continuo suelo–planta–intestino, manteniendo su presencia en distintos ambientes (Ma et al., 2025).
Entre los grupos más interesantes se encuentran Bacillus subtilis, Lactobacillus, Lactococcus y Streptomyces, descritos como microbios potencialmente útiles en múltiples niveles del sistema.
Aún no tenemos una prueba definitiva del continuo suelo–planta–intestino, pero sí contamos con indicios sólidos, conexiones plausibles y una base teórica extremadamente robusta (Ma et al., 2025).
Basta recordar mecanismos como la transferencia horizontal de genes, el mimetismo molecular, el cross-feeding, la resistencia a la colonización y la selección del huésped como procesos potencialmente capaces de conectar los distintos microbiomas (Ma et al., 2025).
Traducido a un lenguaje más simple: no estamos hablando solo de microbios que se desplazan de un lugar a otro.
Se trata de verdaderas señales biológicas, de genes, de metabolitos secundarios e incluso de presiones ambientales selectivas y relaciones agroecológicas que pueden atravesar todo el sistema.
Esta visión conlleva una consecuencia extremadamente importante y revolucionaria.
Si el suelo es biológicamente rico, funcionalmente activo y bien gestionado, puede favorecer una planta con mayor capacidad de selección microbiológica y generar condiciones potencialmente más favorables para el microbioma intestinal.
Algunos estudios muestran que, en un modelo murino, la exposición al suelo puede asociarse con cambios en la microbiota intestinal y con señales compatibles con una mejor tolerancia inmunitaria (Ottman et al., 2019).
Además, otros estudios han evidenciado que intervenciones sobre la biodiversidad han mostrado efectos en la regulación inmunitaria y en los microbios asociados a la salud en niños (Roslund et al., 2020).
La planta como mediador biológico
En todo este proceso, la planta actúa como un extraordinario mediador biológico.
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No se limita a transferir microorganismos, sino que determina efectos metabólicos.
En este punto, es razonable afirmar que una correcta gestión agroecológica del sistema de cultivo puede reflejarse en la calidad biológica global de los alimentos, de la biota intestinal y, por tanto, de la salud humana.
De hecho, los alimentos ricos en fibra y compuestos metabólicos secundarios pueden modular la microbiota intestinal y sostener la funcionalidad de la barrera intestinal (Wan et al., 2021).
En esta perspectiva, la biodiversidad que comemos no es una metáfora sugerente, sino una hipótesis concreta para repensar la agricultura, la nutrición y el eje intestino-cerebro.
Una nueva perspectiva sobre la salud
La salud humana no comienza en farmacias ni en hospitales: comienza mucho antes.
Comienza en los sistemas vivos que conectan el suelo con las plantas y las plantas con nuestro intestino, hasta repercutir en todo el cuerpo.
Por lo tanto, cuidar el suelo no significa solo mejorar su fertilidad o aumentar el rendimiento productivo.
También significa trabajar desde el origen, es decir, sobre la biodiversidad microbiana de nuestros sistemas agrícolas, una práctica que influye en la calidad biológica de los alimentos que consumimos y en la salud de nuestro intestino, nuestro “segundo cerebro”.
Recordemos que el sistema intestinal determina la salud inmunitaria y mental.
No estamos separados de la tierra que nos alimenta.
Somos su continuación.
Francesco Di Lorenzo
Agrónomo
Bibliografía esencial–
Blum, W. E. H., Zechmeister-Boltenstern, S., & Keiblinger, K. M. (2019).
Does soil contribute to the human gut microbiome?
Microorganisms, 7(9), 287.
https://doi.org/10.3390/microorganisms7090287
Ma, H., Cornadó, D., & Raaijmakers, J. M. (2025).
The soil-plant-human gut microbiome axis into perspective.
Nature Communications, 16, 7748.
https://doi.org/10.1038/s41467-025-62989-z
Ottman, N., Ruokolainen, L., Suomalainen, A., Sinkko, H., Karisola, P., Lehtimäki, J., Lehto, M., Hanski, I., Alenius, H., & Fyhrquist, N. (2019).
Soil exposure modifies the gut microbiota and supports immune tolerance in a mouse model.
Journal of Allergy and Clinical Immunology, 143(3), 1198–1206.e12.
https://doi.org/10.1016/j.jaci.2018.06.024
Parizadeh, M., & Arrieta, M.-C. (2023).
The global human gut microbiome: genes, lifestyles, and diet.
Trends in Molecular Medicine, 29(10), 789–801.
https://doi.org/10.1016/j.molmed.2023.07.002
Roslund, M. I., Puhakka, R., Grönroos, M., Nurminen, N., Oikarinen, S., Gazali, A. M., Cinek, O., Kramná, L., Siter, N., Vari, H. K., Soininen, L., Parajuli, A., Rajaniemi, J., Kinnunen, T., Laitinen, O. H., Hyöty, H., Sinkkonen, A., & ADELE Research Group. (2020).
Biodiversity intervention enhances immune regulation and health-associated commensal microbiota among daycare children.
Science Advances, 6(42), eaba2578. https://doi.org/10.1126/sciadv.aba2578
Wan, M. L. Y., Co, V. A., & El-Nezami, H. (2021).
Dietary polyphenol impact on gut health and microbiota.
Critical Reviews in Food Science and Nutrition, 61(4), 690–711.
https://doi.org/10.1080/10408398.2020.1744512
Fuente de foto:
Ma, H., Cornadó, D., & Raaijmakers, J. M. (2025).
The soil-plant-human gut microbiome axis into perspective.
Nature Communications, 16, 7748.
