De lo estándar a la transformación
De lo estándar a la transformación: la agroecología como camino concreto en las empresas agrícolas.
En el debate contemporáneo sobre agroecología, uno de los elementos más controvertidos es la transición de la teoría a la práctica. Durante años, la agroecología se ha interpretado como un conjunto de principios compartidos que han resultado difíciles de traducir en herramientas operativas. En este contexto, la Ley Regional Siciliana n.º 21 de 2021 representa un punto de inflexión: no solo reconoce formalmente la agroecología, sino que también constituye el primer instrumento normativo en Italia capaz de impulsar una transición agroecológica concreta, definiendo criterios claros y verificables para las explotaciones agrícolas.
Para comprender plenamente el alcance de esta innovación, resulta útil interpretarla a través del modelo de transición de cinco niveles propuesto por Stephen R. Gliessman, quien interpreta la agroecología no como un estado a alcanzar, sino como un proceso evolutivo que atraviesa diversas etapas de profundidad y complejidad.
Según este modelo, las explotaciones agrícolas generalmente comienzan mejorando la eficiencia de los recursos y luego sustituyen progresivamente los insumos químicos por alternativas orgánicas. Sin embargo, la transición decisiva se produce cuando la explotación deja de ser un sistema de producción simplificado y se convierte en un verdadero agroecosistema, basado en la biodiversidad, las interacciones ecológicas y la autorregulación. Las fases subsiguientes amplían aún más el alcance, incluyendo las relaciones económicas y sociales, culminando en la transformación del sistema alimentario en su conjunto.
Es precisamente dentro de este marco donde la ley siciliana revela su poder innovador. Las condiciones establecidas en el artículo 7 —desde el uso exclusivo de insumos permitidos en la agricultura ecológica, hasta la presencia significativa de biodiversidad vegetal, pasando por el uso de variedades locales y la protección de los polinizadores— no se limitan a prescribir comportamientos virtuosos, sino que guían implícitamente a las explotaciones agrícolas hacia una reconfiguración ecológica. En otras palabras, la ley no se limita a prohibir o permitir prácticas, sino que marca el rumbo del cambio.
Desde la perspectiva de Gliessman, la ley abarca de manera sólida las tres primeras fases de la transición agroecológica. Apoya a las empresas en la transición de una lógica de dependencia de insumos externos a una mayor autonomía biológica, sentando las bases para sistemas agrícolas más resilientes. Al mismo tiempo, deja margen —sin regularlos aún por completo— para niveles más avanzados, aquellos que implican la reorganización de las cadenas de suministro y la construcción de nuevas relaciones entre productores y consumidores.
Esta característica no representa una limitación, sino más bien un punto de realismo. La transformación agroecológica no puede imponerse íntegramente por decreto, sino que debe surgir progresivamente a través de la interacción entre empresas, territorios y comunidades. En este sentido, la ley siciliana puede considerarse una infraestructura transitoria, capaz de hacer posible lo que antes solo se soñaba.
En este proceso, la Coordinación de Agroecología de Sicilia desempeña un papel fundamental, ya que no solo impulsó y contribuyó a la redacción de la ley, sino que continúa operando incluso después de su promulgación. El Comité de Coordinación participó en la definición de los decretos de aplicación y, sobre todo, desarrolló programas operativos con el objetivo explícito de apoyar a las empresas a lo largo de todo el proceso de los cinco niveles de Gliessman, evitando que la transición se estancara en las etapas iniciales.
Entre estas iniciativas, el programa «Apoya a una Empresa Agroecológica» representa una herramienta particularmente significativa. Introduce una dimensión concreta de corresponsabilidad entre productores y ciudadanos, creando las condiciones para el apoyo financiero y social a las empresas comprometidas con enfoques agroecológicos avanzados. De esta forma, se aborda directamente uno de los aspectos más críticos de la transición: la dificultad de sostener cambios profundos a lo largo del tiempo, cambios que no siempre se ven recompensados de inmediato en el mercado convencional.
Esto se complementa con el programa de Formación Permanente en Agroecología, implementado mediante cursos periódicos y otras iniciativas.
El riesgo, de hecho, es que las empresas se limiten a una interpretación formal de la ley, restringiéndose a reemplazar los insumos químicos sin modificar profundamente su organización productiva. Esto suele ocurrir en los procesos de conversión a la agricultura ecológica, cuando el cambio se limita a la dimensión técnica y no se traduce en un verdadero rediseño del agroecosistema. En estos casos, la explotación sigue siendo vulnerable, dependiente de insumos externos —incluso cuando están permitidos— y con una escasa integración en el contexto local.
Las iniciativas promovidas por el Comité de Coordinación buscan precisamente evitar este resultado, impulsando la transición hacia los niveles más avanzados: la construcción de relaciones económicas directas, el arraigo local y la participación activa de las comunidades. En este sentido, representan una extensión práctica de la ley, capaz de salvar la brecha entre la normativa y la transformación real.
Para evitar que la transición se estanque, es necesario acompañar la aplicación de la ley con una metodología de trabajo que guíe a las explotaciones agrícolas a lo largo de todo el proceso agroecológico. Esta metodología no puede reducirse a un conjunto de requisitos, sino que debe configurarse como un proceso continuo de observación, planificación y adaptación.
El primer paso consiste en un análisis exhaustivo de la explotación como sistema ecológico. Esto implica analizar no solo los cultivos y los rendimientos, sino también la calidad del suelo, la presencia de biodiversidad, los flujos de energía y materiales, y el grado de dependencia de factores externos. Esta fase diagnóstica permite identificar áreas de fragilidad y potencial latente, a menudo ignoradas en los modelos de producción convencionales.
Con base en este conocimiento, la empresa puede iniciar un proceso gradual de rediseño. La introducción de especies arbóreas, la diversificación de cultivos, la recuperación de variedades locales y la creación de hábitats para polinizadores no deben interpretarse como obligaciones aisladas, sino como componentes de una estrategia integrada. El objetivo es activar sinergias ecológicas que reduzcan la necesidad de intervenciones externas y, al mismo tiempo, mejoren la estabilidad de la producción.
A medida que estas dinámicas se consolidan, se hace posible abordar una tercera dimensión de la transición, a menudo pasada por alto: la relacional y económica. Una empresa agroecológica madura no solo produce de forma sostenible, sino que también construye relaciones con la comunidad local, acorta las cadenas de suministro, interactúa con los consumidores y participa en redes locales. Es en esta etapa donde iniciativas como las de la Coordinación demuestran su plena utilidad, creando puentes concretos entre la producción y la sociedad.
En conclusión, la ley siciliana de agroecología representa un paso fundamental, ya que demuestra que la transición puede apoyarse en instrumentos regulatorios concretos. Sin embargo, su eficacia depende de la capacidad de las empresas para interpretarla no como un punto de llegada, sino como el inicio de un camino más amplio. El modelo de Gliessman nos recuerda que la agroecología es un proceso dinámico que requiere tiempo, aprendizaje y adaptación continua.
La contribución de la Coordinación de Agroecología de Sicilia pone de relieve cómo se puede apoyar activamente este proceso: no solo mediante regulaciones, sino también a través de herramientas, redes y programas capaces de respaldar a las empresas hasta que la transición se complete. Es en esta integración de políticas públicas e iniciativa colectiva donde la agroecología encuentra las condiciones para expresar plenamente su potencial transformador.
El método de trabajo que surge de esta integración de regulaciones, teoría y práctica es, en última instancia, sencillo en su lógica pero complejo en su aplicación: comprender a fondo el agroecosistema, diseñar intervenciones que potencien los procesos naturales y reconstruir gradualmente las relaciones económicas y sociales en las que se inserta la empresa. Es en este camino donde el cumplimiento normativo se transforma en verdadera innovación, y donde la agroecología deja de ser un objetivo abstracto para convertirse en una práctica cotidiana.
Capítulo final – De la transición a la transformación: Acciones prácticas en los cinco niveles de la agroecología.
Si bien la ley siciliana traza una dirección clara para iniciar la transición agroecológica, el modelo de cinco niveles propuesto por Stephen R. Gliessman nos ayuda a comprender cómo llevarla a cabo plenamente. No se trata simplemente de adoptar nuevas técnicas, sino de acompañar un cambio progresivo que abarca la forma de producir, la organización de la explotación agrícola y, en última instancia, la relación con el entorno local y la sociedad.
Primer Nivel
El primer nivel suele ser el más accesible, ya que no requiere una transformación radical, sino un uso más cuidadoso y racional de los recursos. En esta etapa, muchas empresas comienzan a cuestionarse dónde se generan los desperdicios y las ineficiencias. El agua se gestiona con mayor precisión gracias a sistemas de riego más específicos; el suelo deja de considerarse un mero soporte para convertirse en un recurso vivo, que debe comprenderse mediante el análisis y el monitoreo. La energía y la mano de obra también se reorganizan, buscando reducir el consumo y mejorar el rendimiento general. A nivel local, esta transición se facilita cuando existen servicios compartidos, consultoría accesible y oportunidades de capacitación que ayudan a los agricultores a interpretar los datos y tomar decisiones más informadas.
Segundo Nivel
El segundo nivel marca un cambio más visible: los insumos químicos se reemplazan progresivamente por alternativas orgánicas. Sin embargo, esta fase, si bien es necesaria, puede resultar superficial si no va acompañada de una reflexión más profunda. La empresa puede seguir operando con la misma lógica que antes, simplemente cambiando los productos utilizados. Aquí es donde el contexto local se vuelve crucial: el acceso a compost de calidad, semillas adecuadas y el intercambio de conocimientos entre los agricultores pueden marcar la diferencia entre una simple conversión técnica y el inicio de una verdadera trayectoria agroecológica.
Tercer Nivel
El tercer nivel representa el núcleo de la transformación. Ya no se trata de corregir el sistema existente, sino de replantearlo. La explotación agrícola comienza a diseñarse como un ecosistema, en el que cada elemento desempeña múltiples funciones y contribuye al equilibrio general. Los cultivos se diversifican, las rotaciones de cultivos se vuelven más complejas, aparecen árboles, setos y espacios dedicados a la biodiversidad. Los insectos beneficiosos, los polinizadores y la fertilidad del suelo dejan de ser factores externos que gestionar para convertirse en componentes activos del sistema de producción. En esta transición, el paisaje también cambia, y con él el papel de las explotaciones agrícolas, que dejan de ser unidades aisladas para formar parte de una red ecológica más amplia. Cuando varias explotaciones actúan de forma coordinada, el paisaje mismo se vuelve más resiliente.
Cuarto Nivel
En este punto, la transición se abre a una dimensión a menudo pasada por alto: la de las relaciones económicas y sociales. El cuarto nivel se refiere a la reconexión entre productores y consumidores. Las empresas comienzan a buscar formas de venta que superen las distancias, no solo geográficas, sino también culturales. La venta directa, los mercados locales y los grupos de compra se convierten en espacios donde se redefine el valor de los alimentos. Ya no se trata solo del precio, sino de la confianza, la transparencia y el entendimiento mutuo. Al mismo tiempo, crecen las experiencias colectivas en las comunidades que apoyan estos modelos: redes de consumidores informados, iniciativas educativas y políticas locales que favorecen las cadenas de suministro cortas. En esta etapa, la agroecología deja de ser un tema exclusivamente agrícola para convertirse en una realidad social.
Quinto Nivel
El quinto nivel lleva esta evolución a sus consecuencias más amplias. Aquí, la agroecología ya no es solo una práctica adoptada por empresas o comunidades individuales, sino un principio que guía todo el sistema alimentario. Las decisiones de producción se entrelazan con las políticas, económicas y culturales. Las instituciones locales pueden desempeñar un papel decisivo, por ejemplo, reorientando la contratación pública hacia la producción agroecológica o apoyando formas de economía solidaria. Las empresas, por su parte, se están convirtiendo en participantes activos de este cambio, integrándose en redes, contribuyendo a la definición de nuevas normas y colaborando con otros actores locales. Es en esta etapa donde la agroecología manifiesta plenamente su carácter transformador, impactando no solo la producción de alimentos, sino también su organización y distribución social.
Naturalmente, estos niveles no se suceden de forma rígida. En realidad, las empresas avanzan mediante ensayo y error, combinando diferentes elementos y adaptándolos a su contexto. Es precisamente esta naturaleza dinámica la que da vida y concreción al proceso agroecológico. Sin embargo, sigue siendo fundamental evitar un riesgo recurrente: el de detenerse en las etapas iniciales, donde el cambio es más sencillo, pero también el de menor impacto.
En este sentido, la ley siciliana puede considerarse un sólido punto de partida, capaz de facilitar el acceso a las etapas iniciales de la transición. Pero su potencial se materializa plenamente solo cuando va acompañado de un compromiso generalizado, que involucra a empresas, comunidades e instituciones en un camino compartido.
Traducir la agroecología a la práctica significa, por lo tanto, ir más allá de la sustitución de insumos y lograr una verdadera planificación ecológica; significa superar el aislamiento empresarial para construir sistemas territoriales interconectados; significa, finalmente, transformar el mercado en un espacio para las relaciones. Es en este camino donde la ley deja de ser una limitación y se convierte en una palanca para el cambio real, capaz de impactar profundamente las formas de producir, consumir y experimentar el territorio.
Guido Bissanti
