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Low-tech biostimulants

Low-tech biostimulants: the laboratory of agroecological biodistricts?

En un Biodistrito agroecológico, la recuperación de la autosuficiencia territorial debe lograrse mediante la circularidad. Esta afirmación no es ni debe considerarse irrealista: debe transformarse en una opción técnica, organizativa y económica.

En el sector agrícola, todo esto implica la necesidad de considerar la biodiversidad espontánea, las podas, los residuos verdes, los subproductos y los desechos de las explotaciones agrícolas y ganaderas no como «desechos», sino como materia prima funcional.

En pocas palabras: en el Biodistrito, los residuos no son residuos, sino recursos. Son una fuente de carbono, microbios, moléculas y señales: información biológica que la tierra produce continuamente.

Si queremos gestionar de forma verdaderamente sostenible sistemas agrícolas tan grandes como los de un Biodistrito, la clave no es comprar «fertilizantes o bioestimulantes alternativos o naturales». La clave, si cabe, reside en producir mejoradores de suelo y bioestimulantes dentro del distrito: herramientas que, por un lado, acumulan materia orgánica y mejoran el suelo, y, por otro, inciden en la fisiología vegetal al mejorar la eficiencia del uso de nutrientes, la tolerancia al estrés abiótico y la calidad y disponibilidad de macro y micronutrientes (du Jardin, 2015; Yakhin et al., 2017).

Hoy quiero centrarme en la producción en finca de bioestimulantes de baja tecnología: sustancias y matrices funcionales que, en concentraciones muy bajas, contribuyen concretamente a un mejor funcionamiento de los sistemas agrícolas en situaciones de estrés (Van Oosten et al., 2017; Di Sario et al., 2025).

El aspecto más interesante, para un Biodistrito, es que la producción de bioestimulantes en finca puede convertirse en el motor de una economía verdaderamente circular.
Un Biodistrito no se mide únicamente por su superficie o sus especificaciones: se mide por su capacidad para organizar los procesos. La biomasa se mantiene local y se transforma mediante técnicas de baja tecnología: difícil de estandarizar en el sentido «industrial» del término, pero capaz de expresar una variabilidad fisiológica distintiva y representativa del propio territorio. Este enfoque puede desarrollar habilidades y ofrecer productos y servicios sostenibles a todo el distrito: talleres en consorcio, procesos y prácticas compartidos, microcadenas de suministro.
Y esto, en definitiva, supone un cambio de paradigma: de la dependencia de insumos externos a la producción y la resiliencia locales (Xu y Geelen, 2018).

Sin embargo, para que este proceso de producción se materialice realmente, se necesita un cambio de perspectiva: dejar de perseguir «protocolos» como si fueran recetas universales y, en cambio, pensar en términos de variabilidad local y módulos funcionales.
En definitiva, todos los bioestimulantes buscan activar interruptores metabólicos en los cultivos: una especie de «interruptor» bioquímico que ayuda a la planta a gestionar el sistema redox (ROS/antioxidantes), la osmorregulación, la producción de hormonas, los COV (compuestos orgánicos volátiles), la arquitectura radicular y el microbioma. Al elegir la matriz adecuada, el módulo funcional específico y el proceso de transformación apropiado, incluso una tecnología sencilla y económica puede resultar eficaz (Van Oosten et al., 2017; Di Sario et al., 2025).

Y aquí es donde entra en juego el enfoque de baja tecnología. El objetivo no es «producir química industrial», sino obtener fracciones solubles y producir productos naturales con funciones repetibles. Los métodos más compatibles con un enfoque artesanal y territorial suelen ser la hidrólisis enzimática y los procesos de fermentación controlada. Por lo tanto, el enfoque de baja tecnología que puede adoptar un Biodistrito no debería conducir a la producción de la molécula pura, sino a la transformación artesanal (en la explotación) de las matrices presentes en el territorio, obteniendo una mezcla de sustancias capaz de influir positivamente en la ecología de todo el distrito.

Matrices que contienen paquetes de cofactores y señales bioquímicas que solo pueden estandarizarse por clase o indicador, y que precisamente por esta razón cobran sentido, especialmente en un enfoque distrital.

En un Biodistrito, este método de producción puede convertirse en un servicio ecológico económicamente estructurante: un microcentro consorciado capaz de producir sustancias no siempre idénticas, pero trazables y seguras; un centro de tecnología ecológica y de impacto neutro que involucra y capacita a operadores de las comunidades locales.

Si aprendemos a transformar metódicamente, sin buscar la pureza industrial, los recursos distritales que actualmente se consideran residuos pueden reintroducirse en los cultivos en forma de bioestimulantes. De este modo, la agroecología también se convierte en tecnología: simple, replicable y, sobre todo, no exportable, porque se integra en la especificidad del territorio.

En este marco, las familias de bioestimulantes y matrices funcionales con las que puede trabajar un Biodistrito son diversas. Entre los más interesantes se encuentran los reguladores del crecimiento vegetal y los compuestos bioactivos presentes en las matrices vegetales: ácido abscísico, ácido jasmónico, melatonina, polifenoles, alginatos, enzimas y muchas otras sustancias fundamentales para la respuesta de las plantas al estrés. La literatura reciente destaca la enorme variedad de mecanismos que estas sustancias pueden activar, desde la modulación del sistema redox hasta cambios transcripcionales y metabólicos (Di Sario et al., 2025).

Otro pilar fundamental en la literatura son los hidrolizados de proteínas. Se trata de mezclas de aminoácidos y péptidos que pueden mejorar el crecimiento, la eficiencia nutricional y la tolerancia al estrés, incluso indirectamente, a través de interacciones con la microbiota (Colla et al., 2015; Colla et al., 2017). En un Biodistrito, muchos subproductos de la cadena de suministro considerados biomasa residual pueden transformarse en generadores de insumos de alto valor: en este contexto, el concepto de economía circular es extremadamente concreto.

Además, los extractos vegetales representan quizás la forma más natural de circularidad. Las podas, las hojas y los residuos de procesamiento pueden reconvertirse en extractos capaces de actuar como señales bioquímicas y contribuir a la estructura fisiológica y funcional del sistema agrícola.
Y no se trata solo de teoría: existen estudios de caso que demuestran el uso de plantas y extractos vegetales capaces de favorecer el rendimiento fisiológico en condiciones de déficit hídrico (Abd El-Mageed et al., 2017).

Entre los bioestimulantes más estudiados se encuentran las macroalgas: suelen contener polisacáridos y componentes bioactivos que actúan como elicitores, capaces de activar respuestas de defensa y mejorar el rendimiento incluso en situaciones de estrés (Craigie, 2011; Deolu-Ajayi et al., 2022). Desde una perspectiva local, la cuestión no es solo encontrar las algas, sino garantizar la calidad y la trazabilidad, ya que la variabilidad de la materia prima es real y también puede estar vinculada a la región (Deolu-Ajayi et al., 2022). Si el Biodistrito es costero, se pueden considerar cadenas de suministro locales basadas en transformaciones simples (extracciones acuosas y alcohólicas, fermentación láctica, decocción, seguida de filtración y aplicaciones de microdosis).
Si el Biodistrito es interno, puede ser más conveniente una cadena de suministro conjunta con la compra colectiva de biomasa de distritos vecinos y el procesamiento local en pequeños lotes mediante procedimientos simples, comunes y trazables.

Las microalgas, por otro lado, son particularmente interesantes porque están presentes de forma natural en los estanques de las empresas y pueden realizar múltiples funciones simultáneamente: contienen fracciones de proteínas y aminoácidos, pigmentos, osmoprotectores y componentes capaces de mantener el equilibrio oxidativo. La literatura incluye ejemplos claros de microalgas utilizadas como biofertilizantes/bioestimulantes (García-González y Sommerfeld, 2016) y revisiones que analizan su potencial en la agricultura sostenible (Deolu-Ajayi et al., 2022). Para muchos biodistritos, el enfoque más pragmático es utilizar biomasa de microalgas como materia prima y trabajar en modelos simples de extracción y aplicación.

Finalmente, si hay un bioestimulante perfectamente compatible con la agroecología, es el microbiano. Las bacterias pueden mejorar la arquitectura radicular, facilitar la disponibilidad de nutrientes y facilitar el manejo del estrés (Backer et al., 2018; Orozco-Mosqueda et al., 2020; Vurukonda et al., 2016).
En un Biodistrito, un atajo erróneo es adquirir bacterias y hongos seleccionados de entornos ecológicos muy distantes entre sí en términos de distancia y características; el camino correcto es desarrollar procesos sencillos pero codificados de baja tecnología, a partir de compost maduro y suelos sanos presentes en la zona.
El té de compost, por ejemplo, puede ser un vehículo interesante: la literatura reporta beneficios en diversos cultivos en términos de crecimiento, rendimiento y calidad, pero también enfatiza la variabilidad e importancia de los procedimientos de producción (Pane et al., 2016; Naidu et al., 2013).

Además, una regla importante que garantiza resultados es el uso de microdosis en campo y su repetición regular, especialmente en el caso de los hidrolizados de proteínas (Colla et al., 2015; Colla et al., 2017).
Esta es una forma de pensar coherente con la bioestimulación: trabajamos mediante señales y ajustes, en lugar de excesos.

Cuando todas estas matrices funcionales se combinan con procedimientos de extracción de baja tecnología, junto con la capacitación y participación de las comunidades locales, el potencial del sistema emerge de inmediato: el Biodistrito puede construir una cadena de suministro de bioestimulantes basada en flujos locales de materiales locales y métodos simples y trazables, seguros para los humanos y el medio ambiente.
La industrialización no es necesaria; lo que se necesita es un laboratorio de distrito con algunos elementos esenciales pero bien ejecutados: procedimientos mínimos (extracción, filtración, estabilización de la base, trazabilidad), modelos de aplicación, mediciones simples y compartidas (pruebas de campo e indicadores, etc.).

Una estructura de baja tecnología no es un laboratorio improvisado, sino una opción de gobernanza: recursos en red, procedimientos mínimos, capacitación y ensayos de campo para transformar la variabilidad local en fortaleza sistémica. Cuando esto sucede, la tecnología agrícola vuelve a ser «local», arraigada en las matrices, la biología y las habilidades de la comunidad.

De esta manera, la circularidad deja de ser un principio económico inaplicable y se convierte en una infraestructura.
El Biodistrito retiene y produce valor, reduce las compras externas, recrea la multifuncionalidad, desarrolla habilidades y fomenta la resiliencia con lo que ya está presente en su interior. Pero, sobre todo, transforma las metodologías agroecológicas en ejemplos concretos de tecnología territorial indeslocalizable: tecnología arraigada en los recursos, las habilidades y la biología local del distrito.
Este arraigo representa una verdadera ventaja competitiva.

Francesco Di Lorenzo
Agrónomo

Bibliografía esencial
Abd El-Mageed, T. A., Semida, W. M., & Rady, M. M. (2017). Moringa leaf extract as biostimulant improves water use efficiency, physio-biochemical attributes of squash plants under deficit irrigation.
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Backer, R., Rokem, J. S., Ilangumaran, G., Lamont, J., Praslickova, D., Ricci, E., Subramanian, S., & Smith, D. L. (2018). Plant growth-promoting rhizobacteria: Context, mechanisms of action, and roadmap to commercialization of biostimulants for sustainable agriculture.
Frontiers in Plant Science, 9, 1473. https://doi.org/10.3389/fpls.2018.01473

Canellas, L. P., Olivares, F. L., Aguiar, N. O., Jones, D. L., Nebbioso, A., Mazzei, P., & Piccolo, A. (2015). Humic and fulvic acids as biostimulants in horticulture.
Scientia Horticulturae, 196, 15–27. https://doi.org/10.1016/j.scienta.2015.09.013

Canellas, L. P., Canellas, N. O. A., da Silva, R. M., Spaccini, R., Mota, G. P., & Olivares, F. L. (2023). Biostimulants using humic substances and plant-growth-promoting bacteria: Effects on cassava (Manihot esculentus) and okra (Abelmoschus esculentus) yield. Agronomy, 13(1), 80.
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Colla, G., Nardi, S., Cardarelli, M., Ertani, A., Lucini, L., Canaguier, R., & Rouphael, Y. (2015). Protein hydrolysates as biostimulants in horticulture.
Scientia Horticulturae, 196, 28–38. https://doi.org/10.1016/j.scienta.2015.08.037

Colla, G., Hoagland, L., Ruzzi, M., Cardarelli, M., Bonini, P., Canaguier, R., & Rouphael, Y. (2017). Biostimulant action of protein hydrolysates: Unraveling their effects on plant physiology and microbiome.
Frontiers in Plant Science, 8, 2202. https://doi.org/10.3389/fpls.2017.02202

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Deolu-Ajayi, A. O., van der Meer, I. M., van der Werf, W., & Karlova, R. (2022). The power of seaweeds as plant biostimulants to boost crop production under abiotic stress.
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Di Sario, L., Boeri, P., Matus, J. T., & Pizzio, G. A. (2025). Plant biostimulants to enhance abiotic stress resilience in crops.
International Journal of Molecular Sciences, 26(3), 1129. https://doi.org/10.3390/ijms26031129

du Jardin, P. (2015). Plant biostimulants: Definition, concept, main categories and regulation.
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García-González, J., & Sommerfeld, M. (2016). Biofertilizer and biostimulant properties of the microalga Acutodesmus dimorphus.
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Naidu, Y., Meon, S., & Siddiqui, Y. (2013). Foliar application of microbial-enriched compost tea enhances growth, yield and quality of muskmelon (Cucumis melo L.) cultivated under fertigation system.
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Orozco-Mosqueda, M. del C., Glick, B. R., & Santoyo, G. (2020). ACC deaminase in plant growth-promoting bacteria (PGPB): An efficient mechanism to counter salt stress in crops.
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Pane, C., Palese, A. M., Spaccini, R., Piccolo, A., Celano, G., & Zaccardelli, M. (2016). Enhancing sustainability of a processing tomato cultivation system by using bioactive compost teas. Scientia Horticulturae, 202, 117–124. https://doi.org/10.1016/j.scienta.2016.02.034

Van Oosten, M. J., Pepe, O., De Pascale, S., Silletti, S., & Maggio, A. (2017). The role of biostimulants and bioeffectors as alleviators of abiotic stress in crop plants.
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Vurukonda, S. S. K. P., Vardharajula, S., Shrivastava, M., & Ali, S. (2016). Enhancement of drought stress tolerance in crops by plant growth promoting rhizobacteria. Microbiological Research, 184, 13–24. https://doi.org/10.1016/j.micres.2015.12.003

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https://doi.org/10.3389/fpls.2018.01567

Yakhin, O. I., Lubyanov, A. A., Yakhin, I. A., & Brown, P. H. (2017). Biostimulants in plant science: A global perspective. Frontiers in Plant Science, 7, 2049. https://doi.org/10.3389/fpls.2016.02049




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