Diseñando el contraurbanismo

Diseñando el contraurbanismo

La mayoría de los países del mundo, incluida Italia, se ven aquejados por un urbanismo galopante que tiene como contra-altar el vaciamiento y despoblamiento de las pequeñas ciudades y zonas del interior.
La urbanización o urbanización, ese es el proceso que vio, especialmente en los siglos XIX y XX, la migración de grandes masas de población del campo a las ciudades es un proceso que ha comenzado a galopar en los últimos tiempos con la consecuencia de que, ahora, los pequeños centros de naciones enteras corren el riesgo de desaparecer, con consecuencias catastróficas e irreversibles.
Por cierto, el fenómeno de la urbanización, que ha caracterizado varios períodos de la evolución de la sociedad, se inició con el desarrollo de la industrialización de Occidente y con lo que se denomina la «Revolución Industrial». Revolución correlacionada casi linealmente con el modelo energético de recursos no renovables (especialmente carbón y petróleo) y con un consecuente sistema de producción/organización de los centros habitados, con, muchas veces, movimientos y desplazamientos incontrolados o incontrolables hacia determinadas áreas urbanas, intensificación de la densidad de población y crecimiento desproporcionado de la producción y los asentamientos comerciales.
Fruto de esta tendencia nos encontramos hoy, en Italia, con 5.518 núcleos con poblaciones de hasta cinco mil habitantes, que se están vaciando casi en su totalidad y con una población joven que, literalmente, huye de ellos.
Por poner solo un par de ejemplos, localidades como Roio del Sangro, en la provincia de Chieti, o Marcetelli, cerca de Rieti, así como algunos municipios del interior de Sicilia, Calabria y otras regiones, han perdido en los últimos años más el 80 por ciento de su población y ahora, a duras penas, llegan a los 100 habitantes. Además, desde 1971 hasta 2015 hasta 115 municipios registraron una tasa de despoblación superior al 60% y casi mil se detuvieron en torno al 50%.
En resumen, para usar las palabras del presidente de la República Sergio Mattarella: “en ciertas áreas el Estado parece haber decidido retroceder”.
Alguien que no esté acostumbrado o no esté familiarizado con los conceptos básicos en el campo de la ordenación del territorio también podría pensar: ¿cuál es el problema?
En cambio, como diremos ahora, la despoblación de las zonas del interior, con el relativo crecimiento urbano de los grandes núcleos habitados, trae consigo una serie de consecuencias negativas de increíble magnitud.

Consecuencias –
El vaciamiento de las pequeñas localidades y, sobre todo, de las poblaciones de las zonas internas del territorio, genera una serie de efectos negativos sobre el medio ambiente, la economía y la cultura, algunos de ellos con efecto dominó irreversible.
En primer lugar se produce un paulatino y progresivo deterioro del medio y del paisaje, ligado en gran parte al cese de la actividad agrícola y pastoril por el abandono de campos y pastos que, invadidos por la vegetación arbustiva, incluso alóctona, a una pérdida de la productividad potencial. En estas condiciones asistimos a la pérdida de elementos de gran valor, entre ellos la biodiversidad y el menor atractivo turístico de la zona. Por el efecto dominó, el riesgo hidrogeológico aumenta al abandonarse las obras realizadas en el pasado, como el manejo de los campos, la regulación del agua de riego, las obras de contención, etc., provocando un peligroso factor de multiplicación erosiva capaz de causar derrumbes, derrumbes e inestabilidad de terrenos, especialmente en áreas con características morfológicas más complejas. A esto se suman muchas veces (más de lo que se piensa) la falta de mantenimiento de las obras hidráulicas realizadas para la regulación de los cursos de agua, como terraplenes y canales, que, en estas condiciones, son la causa de nuevos derrumbes e inundaciones.
Además, a nivel florístico, el crecimiento silvestre en los campos aumenta mucho el peligro de incendios (algo que venimos presenciando con progresión geométrica en los últimos años); la falta de mantenimiento, la eliminación de la siega y otras prácticas agronómicas que ya no se realizan, hacen que la hierba larga y seca permanezca en el suelo, impidiendo la percolación del agua hacia el acuífero, aumentando así un mayor riesgo de deslizamientos.
Añádase a esto cómo la despoblación provoca el abandono de pueblos o villas enteras, provocando la pérdida y ruina de un enorme patrimonio de viviendas, caminos de herradura y caminos, favoreciendo así la inhabitabilidad social y económica de estas zonas. Se produce así un empobrecimiento general, privando a estos territorios de los necesarios recursos locales de emprendimiento y mano de obra y provocando el cese de actividades comerciales y de servicios; también empobrece el tejido social al desvanecerse paulatinamente el sentido de pertenencia a una identidad típica ya los valores de la cultura tradicional.
Por último, pero no menos importante (por así decirlo) se genera una migración selectiva con despoblación de los grupos más jóvenes, y de las inteligencias, con un envejecimiento de la población restante, una disminución de la capacidad económica y social y una reducción drástica de la natalidad.
A este cuadro, en sí mismo alarmante, corresponde, a nivel de los grandes núcleos habitados, una serie de desequilibrios y consecuencias que no hacen sino contribuir a deteriorar y empeorar el tejido territorial de regiones enteras. En las últimas décadas se ha producido una inflación del aumento de algunos núcleos urbanos que ha provocado el nacimiento de megalópolis, un problema más dentro del problema.
La presencia de grandes núcleos habitados conlleva la necesidad de una organización logística y de transporte que exige un aumento exponencial de las necesidades energéticas, sistemas logísticos para las necesidades alimentarias (con la necesidad de intensificar y empeorar la calidad de la producción agrícola), aumentar la sobreedificación, con la consiguiente pérdida de suelo y un aumento de la escorrentía superficial de agua, contaminación, etc.
Como última consecuencia, y en cierto modo más preocupante, asistimos a un creciente déficit de empleos urbanos (desde la década de 1960 el desempleo alcanza porcentajes elevados, afectando y limitando sobre todo a la población joven y en consecuencia favoreciendo el trabajo ilegal, las contrataciones ilegales. , causas del subempleo y las injusticias sociales), el aumento de centros urbanos degradados y en algunos casos de verdaderos barrios marginales (también en Italia) y asentamientos urbanos densamente poblados, caracterizados por edificios en ruinas y condiciones de vida por debajo de los estándares de bienestar.

Soluciones –
El escenario trazado no admite dudas y, en el tímido intento de la política italiana, hemos asistido a la emanación de una estrategia nacional para el interior que, hasta la fecha, ha resultado ser sólo un documento de buenas intenciones y propósitos y casi nada más. .
Lo cierto es que, a nivel de conciencia política, no ha madurado un nuevo modelo sociopolítico y los escombros de la caída de los edificios del capitalismo, por un lado, y del comunismo, por otro, luchan por ser recuperada para la construccion de una estructura nueva.
Sin embargo, las semillas de esta nueva visión política están contenidas en los documentos, acciones, compromisos y activismo de grandes personalidades que ya han caracterizado la historia reciente no sólo y de gran parte de nuestro país sino del mundo entero.
En primer lugar, también en orden de tiempo, debemos mencionar a Mahatma Gandhi (1869 – 1948). En sus palabras (y en su acción) encontramos conceptos contemporáneos, como la ecología y el destino del mundo, el decrecimiento, la sensación de limitación y las pequeñas comunidades. El pensamiento de Gandhi, por lo tanto, puede ser visto como el punto de partida para crear lo que podría representar una alternativa concreta a las urgencias que, lamentablemente, son cada vez más fuertes.
Pero cómo no mencionar a EFSchumacher (1911 – 1977), economista, filósofo y escritor alemán, que con una de sus obras más significativas: «Lo pequeño es bello», que figura entre los 100 libros más influyentes publicados tras la Segunda Guerra Mundial, traza una perfecto perfil de crecimiento de las sociedades modernas.
Evidentemente, es imposible no subrayar la revolucionaria Encíclica del Papa Francisco (1936): “Laudato Sì”, de 2015, un verdadero tratado de ecología integral y economía social.
Con el telón de fondo de estos grandes hombres, hay miles de pensadores, activistas, economistas que gritan en voz alta sobre la necesidad de un cambio y una marcha.
Una inversión que no significa empobrecimiento, como no se ha entendido (o malinterpretado deliberadamente) la obra de Serge Latouche (1940), economista y filósofo francés, partidario del decrecimiento convivial (feliz decrecimiento) y del localismo (o localización), que indica un camino para generar un planeta más justo, equitativo, menos pobre y más feliz.
Evidentemente, los detractores de este verbo son todos aquellos (multinacionales, bancos, sistemas de poder, etc.) que, a la sombra de este modelo socioeconómico, duro y lento para morir, han visto aumentar su cartera y poder contractual y político. dramáticamente.
Seguimos hablando un lenguaje (ver PNRR y modelo de transición ecológica) que es solo un anciano (con muchas arrugas y mucha pintura) que quiere hacerse pasar por un joven vestido con un traje verde.
Ante este torpe y más peligroso (pero obviamente menos llamativo y disruptivo) intento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, se hace necesario que la Política vista un nuevo vestido, pero cambiando de telas y modelos.
Pensar en remendar o remendar ideologías de libre mercado o comunistas es un “lujo” que ya no nos podemos permitir. La historia camina, la humanidad con ella; la historia se renueva y con ella el pensamiento que debe vestirse con las ropas del futuro.
Deben adoptarse modelos políticos que hablen de: solidaridad, compartir, cooperación y responsabilidad, únicas divisas para generar un antídoto contra la injusticia, la desigualdad y la exclusión rampantes. Tenemos que ir del yo al nosotros.
Necesitamos salir de un sistema económico que continúa descartando vidas y territorios en nombre del dios dinero, inculcando actitudes rapaces (y colonialistas) hacia los recursos de la Tierra y alimentando muchas formas de inequidad.
Ante esto, no podemos quedarnos indiferentes y si realmente queremos resolver los problemas y cuestiones discutidas hasta ahora, necesitamos el nacimiento de un nuevo traje político, hecho con el tejido de este nuevo tejido.
Necesitamos un modelo industrial diferente proyectado hacia microeconomías, comunidades y redes; necesitamos un modelo agrícola y agroalimentario diferente (agroecología), necesitamos una remodelación general del sistema para salir de un modelo económico centralizador y disgregador. No estamos solos frente a una transición energética; por el contrario, si ésta no viste los profundos criterios de solidaridad, participación, cooperación y responsabilidad, corre el riesgo de aumentar y alimentar la desintegración social y territorial.
Los desequilibrios sociales y territoriales no se resuelven con el criterio habitual de fondos y recursos si estos no van precedidos de una nueva visión política y la nueva visión política no se resuelve si no se sale de ese vestido gastado que compone el liberalismo, por un lado, y del comunismo, por otro, que son ramas (aunque opuestas) del mismo árbol de ese materialismo que ha hecho su tiempo y su historia.

Guido Bissanti




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