Agroecología y estrategia para el interior

Agroecología y estrategia para el interior

En un momento en el que está clara la necesidad de cambiar algunas reglas de la política y la economía y al que se están dirigiendo muchos esfuerzos tanto de Naciones Unidas (ver Agenda 2030 de 2015) como de la Unión Europea, con su Pacto Verde de 2019, no obstante , debemos dar un paso atrás para entender desde qué perspectiva mirar esta transición, que he llamado más apropiadamente conversión.
La sensación, no tan marginal, es que se presta atención casi exclusivamente al sistema energético (desde los fósiles hasta las renovables), poniendo poca o insuficiente atención a la sostenibilidad entre el modelo social y el ecológico.
Luego, en mayo de 2020, con la estrategia de la granja a la mesa, la UE se planteó un gran objetivo con pasos hacia 2030 y 2050 que, en otras palabras, pusieron en el centro la forma de producir y consumir alimentos.
Un programa que no solo tiene como objetivo la sostenibilidad ecológica de la producción de alimentos (en el que hay que trabajar duro para eliminar las incrustaciones ideológicas tomadas del modelo de producción agroindustrial) sino que también enfatiza:
– prevención de pérdidas y desperdicios de alimentos;
– procesamiento y distribución sostenibles de alimentos;
– consumo de alimentos sostenible.
Cuatro temas, cuatro sectores, totalmente interconectados entre sí, tanto que el objetivo agroecológico no se puede afrontar y reducir solo a la producción de alimentos sino a todas las interconexiones entre este proceso y los insumos y productos conectados (que no son solo tecnológicos). pero principalmente cultural).
La centralidad obviamente sigue siendo la de la producción de alimentos que se mueve dentro de las reglas de los ecosistemas en los que insisten las granjas; esta centralidad, sin embargo, no debe malinterpretarse ni colocarse en un plano concéntrico sino en un plano paralelo donde los procesos y factores relacionados también se basan en los modelos de la ecología.
Destacamos, en este aporte, un aspecto en el que se está poniendo poca o poca atención en la llamada transición ecológica que, repetimos, no es solo una cuestión de carácter energético, sino que es el pasaje o, si se prefiere, el éxodo entre un modelo de civilización fluido y liberal con un modelo viscoso basado en una economía circular.
Es difícil pensar en un verdadero desarrollo agroecológico sin prestar atención y remediar el daño causado por el modelo liberal.
Es toda la civilización la que debe volverse compatible y sincronizada con la ecología y no solo la forma de producir alimentos, de lo contrario este proceso siempre estará contaminado por intereses económicos y modelos culturales en conflicto e interferencia.
En este contexto, los dos tejidos, el rural y el urbanizado, deben desarrollarse en un modelo perfectamente osmótico sin el crecimiento continuo de grandes centros y el vaciamiento de pequeños y áreas internas creando una ósmosis descompensada, asfixiada, que interfiera con aquellos ecológicos. constantes que nadie puede cambiar jamás.
Subrayamos, respecto a los principios de la ecología, que estos contienen aspectos que trascienden la simple concepción tecnocrática (gran límite de la cultura occidental) y se mueven en niveles metafísicos y éticos, así como de carácter físico, mucho más allá de la visión superficial de nuestra civilización.
Para volver a un nivel más pragmático, está claro que todo lo que rodea a la ecología debe sincronizarse con ella, el transporte, el consumo, las relaciones, los procesos, etc.

Uno de los aspectos centrales (pero no uno que se pueda afrontar aisladamente) es el de la residencialidad de las comunidades humanas.
Una distribución de estos que no está sincronizada con las reglas ecológicas (compuestas por necesidades energéticas, biodiversidad, caudales, etc.) ya es en sí mismo un factor en el fracaso de toda la transición ecológica (o más bien conversión).
Baste decir que hoy, en Italia (como ocurre en otros países europeos), hay un desequilibrio distributivo de la población con dos millones de casas sin usar en 5.627 pueblos, cada vez más vacíos y despoblados.
Si queremos armonizar la ósmosis entre ecosistemas naturales y humanos, hay que frenar la despoblación y para ello hay que activar una serie de políticas que favorezcan esta inversión.
Así, mientras se construyen enormes suburbios urbanos, en los últimos 40 años ha habido 2000 pequeños pueblos que han perdido el 80% de su población, y entre ellos 120 del 60 al 80%.
Y no basta con volver a ocupar las casas, construir o renovar; los incentivos para los jóvenes y las empresas y un nuevo modelo de conexiones son fundamentales. Un buen ejemplo es el de la región de Emilia Romagna con el recorte del IRAP a las empresas que invierten en la montaña. También es necesario que, para las parejas jóvenes y familias que viven en la montaña o que deciden hacerlo, se brinden contribuciones no reembolsables y otros incentivos para la reconstrucción de comunidades, exactamente como sucedió en las zonas del terremoto. Un tema poco debatido, pero que es uno de los pilares de la transición ecológica.
Necesitamos una medida nacional contra el abandono de hogares en pueblos pequeños y zonas rurales, para evitar esa inestabilidad ecológica, hidrogeológica y social que nos va a involucrar cada vez más, sin importar dónde vivamos y qué hagamos. Basta pensar, entre otros fenómenos, en la proliferación de incendios estivales cada vez más vinculados no tanto a un problema de calentamiento global como a un proceso de vaciado de las zonas rurales y su mantenimiento, llevado a cabo durante siglos por las poblaciones rurales.
Es necesario activar una agenda de gobierno que coloque en el centro a los municipios internos, periféricos, rurales, serranos, de menor dimensión demográfica, que sin embargo cubren, por extensión, el 54,1% del área total de la península. Zonas que cuentan con ventajas para la calidad de vida de los ciudadanos, que aseguran, a través del cuidado de los vecinos, la protección de la naturaleza así como la protección de la tierra y la conservación del paisaje.
Según algunas proyecciones estadísticas y económicas, el conjunto de estas externalidades positivas para el medio ambiente, los llamados «servicios ecosistémicos» valen al menos 93 mil millones al año, casi el 5% del PIB.
Por tanto, es necesario sacar a relucir este valor y transformarlo en políticas económicas y financieras; un desafío decisivo para una perspectiva de sostenibilidad, en tiempos de cambio climático e inestabilidad hidrogeológica.
No podemos activar la estrategia de la granja a la mesa si las relaciones entre la ciudad y el campo no conducen a una ósmosis virtuosa.
No podemos tener una sustentabilidad ecológica de la producción de alimentos, la prevención de la pérdida y desperdicio de alimentos, el procesamiento y distribución sustentable de alimentos y el consumo sustentable de alimentos, si el sistema de distribución, los procesos de producción, no están alineados con las necesidades ecológicas y por lo tanto agroecológicas.
Un Ministerio de Transición Ecológica que no use este vestido sólo pretende posponer (y agravar) esa ósmosis de la que se alimenta la naturaleza para evolucionar y perpetuarse.
Si no reequilibramos y conectamos a las poblaciones, con su biodiversidad territorial, con sus peculiaridades, tradiciones, etc., no hay futuro salvo para una humanidad cada vez más pobre y degradada.
Cuando la ósmosis entre naturaleza y humanidad se interrumpe o disminuye, la civilización retrocede y degenera y no hay finanzas ni economía que puedan evitar este proceso, señal de que la vida no puede ser promovida y favorecida por visiones meras liberales y capitalistas.

Guido Bissanti




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