Invertir en investigación y formación respetuosas con el medio ambiente

Invertir en investigación y formación respetuosas con el medio ambiente

La historia de la humanidad, que acaba de entrar en el tercer milenio, ha descubierto «de repente» que los teoremas en los que se basaron los últimos siglos no han producido el progreso y la felicidad que prometían.
El rascacielos del positivismo, con todas sus consecuencias y repercusiones filosóficas, científicas y sociales, aunque haya dado lugar a innegables innovaciones tecnológicas, ha creado, de hecho, una brecha muy peligrosa entre el ecosistema social y el ecosistema natural.
Incluso hoy, la ideología que brota de la línea filosófico-cultural del positivismo influye mucho en la forma de pensar, de hacer política, de organizar los sistemas sociales de los llamados países occidentales.
Sin embargo, las grandes crisis del tercer milenio, generadas en todo caso de forma progresiva y especialmente durante el siglo pasado, no dejan lugar a dudas en la consideración de que este camino de la historia humana ha llegado a su fin. La incidencia de las acciones humanas en todo el planeta han llevado a nuestro mundo a una crisis nunca conocida, al menos con estas proporciones, hasta el día de hoy.
El mismo concepto y término de crisis, palabra derivada del griego κρίσις, decisión, que hasta ahora se refería a cambios traumáticos o estresantes para un individuo, o una situación social inestable y peligrosa, adquiere un significado planetario.
La humanidad ha involucrado, con sus acciones, todo el complejo de la vida y sus equilibrios, que de vez en cuando llamamos ecosistema, naturaleza, etc.
Sin entrar en el complejo razonamiento que generó esta crisis, está claro que, incluso antes de las políticas sociales y económicas, nuestro mundo necesita hacer un cambio filosófico, un poco como ocurre en los meses. Necesitamos pasar del pensamiento positivista al pensamiento ecológico (de la oruga a la mariposa) que, hoy, va mucho más allá de un simple ambientalismo, a veces con una simple fachada; es necesario entrar en esa nueva perspectiva de vida, definida por el Papa Francisco, la Ecología Social, en la que las acciones, actividades, objetivos humanos están orientados y sincronizados con los principios y sistemas de la Naturaleza.
Es fácil decir que es más complejo de hacer, tanto por la necesidad de adaptación que también necesita relevos generacionales, como por un cambio en nuestros sistemas de referencia para las políticas económicas y financieras. En pocas palabras, se debe cambiar todo el sistema de coordenadas en el que se basan gran parte de las ciencias económicas, sociales, políticas y financieras.
Un sistema de coordenadas que incluso antes de involucrar a estos sectores debe fijarse en una nueva concepción filosófica de la vida, convirtiéndose en sí mismo en el nuevo sistema de ejes cartesianos sobre el que orientar la nueva civilización.
En este sentido, la historia nos enseña que el arte, la investigación y el conocimiento siempre han sido los ejes que orientan las civilizaciones. En definitiva, es necesario pasar de la civilización del Antropoceno a la del Naturoceno.

Para ello, el núcleo de la célula social debe orientarse con el nuevo sistema «cartesiano», a saber: Investigación y Educación y, con ellas, Arte.
En un momento en el que, tras el agravamiento de la crisis, también por COVID-19, se buscan soluciones y recursos económicos para reordenar nuestra sociedad, la necesidad de invertir en Investigación, Formación y ‘Arte, sin embargo, según esta nueva orientación “geométrica”.
En todos los campos, se deben tomar decisiones valientes y decisivas, sin las cuales todo el andamio de este frágil rascacielos, en el que multinacionales y casas financieras en los pisos más altos, está condenado al colapso.
En particular, es necesario invertir en investigación libre y no subordinada a los intereses económicos de las multinacionales y, con ello, es necesario devolver una nueva dignidad a las universidades y escuelas, en todos los niveles, dando a luz a una nueva generación que se mueve en perfecta sincronía, en su conocer y actuar, con las leyes de la naturaleza.
Dentro de esta gran revolución conceptual, el sector que requiere elecciones rápidas y valientes, y no determinadas por intereses partidistas, es el agroalimentario.
La llamada revolución verde, de la que se ha hablado durante décadas, nunca ha comenzado realmente, al menos a nivel de decisiones políticas decisivas.
Las últimas orientaciones sobre la PAC (Política Agrícola Común) de la Unión Europea, el propio debate sobre los recursos del Fondo de Recuperación, no avanzan explícita y concretamente en esta dirección.
Si no es con el uso de términos sobreutilizados e inflados, como sostenibilidad, acuerdo verde, finanzas sostenibles, etc., el salto político conceptual aún no se ha producido.
Todavía estamos firmemente anclados a un sistema de producción de alimentos, industria, producción de energía, etc. que, cada día que pasa, están demoliendo el complejo motor del planeta que se llama: naturaleza y biodiversidad. La interferencia es tan alta que ya no es posible seguir en esta dirección.
En todo esto, es claro que este impasse no se puede superar si no se arregla cuidadosamente el nuevo sistema de coordenadas, invirtiendo en una investigación de mérito y método, que permita la formación de una nueva clase de científicos y profesionales capaces de moverse en este nuevos juntos.
La Agenda 2030 se ha dado 10 años para cambiar la mentalidad y la forma de operar pero nada podrá moverse si no invertimos en los cimientos que siempre han creado y hecho progresar a las civilizaciones: Arte, Ciencia y Conciencia.
Sobre todo Italia, que es el país con la tradición universitaria más antigua y el lugar del mayor patrimonio arquitectónico y artístico del planeta, debe dar este gran y decisivo paso.
Lo que está en juego no es esta o aquella elección económica o algún objetivo político, sino toda la historia de la civilización futura y creo que, aunque sea por cualquier otra cosa, en el fondo de nuestra conciencia sabemos que se lo debemos a nuestros hijos.

Guido Bissanti




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